ESPECIAL CHOMSKY: En el nombre del Dólar

Lucía del Mar Pérez

    Parece impensable concebir el mundo actual sin que los poderosos Estados Unidos de América rijan nuestros destinos. ¿Cómo iban a imaginarlo los primeros ingleses que se lanzaron a la colonización de la joven y virgen Norteamérica? Virgen, sí, eso debió pensar Sir Walter Raleigh cuando intentó fundar infructuosamente en 1583 la actual Virginia. Este noble británico, súbdito de la reina Isabel I, fue  marino, pirata, corsario, escritor y político inglés, y posee el dudoso honor de haber popularizado el tabaco en Europa. El proyecto fracasó. A pesar de ello, durante los siglos posteriores la corona británica consiguió explorar gran parte de las costas septentrionales de América, y fundar diversos núcleos poblacionales: Nueva Inglaterra, Maryland, Pensilvania… ¿Pero quiénes fueron realmente los pobladores de estas nuevas colonias inglesas? Nada más y nada menos que todos aquellos que eran molestos para la corona: presos y disidentes políticos y religiosos. Entre esta amalgama de pobladores (tras deshacerse de holandeses y franceses,  éstos relegados en el territorio del actual Canadá) en las postrimerías del siglo XVIII prendió la llama de la independencia encendida por la mano de la Ilustración. Así surgió la nueva nación que tras algunos devaneos y guerras internas, se alzaría altiva y engreída para gobernar tanto el propio destino como el ajeno.
     Ya en el XIX, en pleno auge del Imperialismo y bajo el escudo de la Doctrina Monroe, decidió que el continente americano era su espacio natural de expansión y Estados Unidos debía y podía intervenir en cualquier lugar para defender sus intereses. Y decidió estrenarse en el territorio mexicano. Orientó su expansión hacia el sur y el Caribe, arrebatando a una maltrecha España Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Y se aseguró el control del Estrecho de Bering comprando Alaska a los rusos.

     Pero esta historia no acaba aquí. Estados Unidos es una nación de naturaleza voraz, y necesita saciar su hambre con los débiles. La oportunidad de encumbrarse como primera potencia mundial surgió gracias a su entrada en la Gran Guerra como consecuencia del telegrama Zimmermann, protegiendo bajo su ala económica a una Europa herida y quejumbrosa. Y de nuevo en la Segunda Guerra Mundial fueron los grandes salvadores del mundo frente a la locura hitleriana. Después llegó la Doctrina de Seguridad Nacional, una ridícula justificación anticomunista (desarrollada en el contexto de la Guerra Fría) para la intervención constante del ejército en cuestiones políticas en los países de Latinoamérica: basta recordar casos como el de Allende en Chile.
     La guinda del pastel del afán imperialista del país de la Estatua de la Libertad, (curiosa palabra en ese contexto) son sus intervenciones en Próximo Oriente. Todos recordamos, sin ir más lejos, el caso en 2004 de Abu Ghraib, en Irak. Era una antigua prisión de Saddam Hussein posteriormente utilizada por Estados Unidos para torturas, abusos y humillaciones a reclusos. Un caso aún por resolver, que el artista colombiano Fernando Botero tuvo la valentía de inmortalizar en sus cuadros.
     Tras este viaje al pasado, conviene reflexionar sobre la  hábil manipulación de Estados Unidos en defensa de sus propios intereses. Jamás se ha movido por generosidad o filantropía. ¿Por qué iba a hacerlo ahora? Estados Unidos es la representación del maquiavelismo del siglo XXI: todo sacrificio ajeno es válido en nombre del Estado, en el nombre del Dólar.

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