Yo fui quien imaginó aquella escena de 451 Fahrenheit




Sí, yo fui quien imaginó la escena en la que las páginas del libro con reproducciones de obras de Dalí eran movidas por el aire, mientras alrededor el fuego quemaba la casa y, con ella, todos los libros, esos amasijos de papeles en cuya tinta se habían hecho vivir tantas vidas, y que se convertían en pavesas. Se la propuse a Truffaut, yo no era nadie, el ayudante más joven del equipo de grabación de 451 Fahrenheit, pero veía en mi imaginación las páginas moviéndose, mostrando imágenes excelsas, y Truffaut me comprendió, al instante. Era un genio. Él quería hacer una película en la que en cada plano se comprendiera el vacío de la vida de aquella gente sin libros y la angustia interior de quienes aún tenían inteligencia y sentimientos, como el propio bombero, Montag, como en la escena en que una riada de libros cayó sobre él mientras ascendía vacilante la empinada escalera en búsqueda de esos malditos objetos de papel que contaban mentiras que hacían soñar. Los espectadores comprendían al instante en ese plano que para Montag quemar libros antes era tan sencillo como apagar una vela. Siempre se encontraba las casas vacías, porque La Policía llegaba primero y amordazaba y ataba a la víctima y cuando los bomberos llegaban no había nadie y como los libros no chillaban, ni lloraban, ni sentían angustia, como aquella mujer anciana con la que acababa de encontrarse, nunca había tenido razones para sentirse culpable. Su trabajo era tan sólo una operación de limpieza, echar petróleo a los libros y una cerilla encendida. Pero los ojos de aquella mujer, que ya no tenía ningún atractivo, que no era bella, ni deseable, pero sí inteligente, le provocaron una desazón que haría que su vida cambiara.
Así debe ser el cine, mostrar que una mirada cambia la vida del protagonista, convertir en normal lo que hasta ayer era terrible. 
No es usual lograrlo. 
Y los otros bomberos, esas bestias incultas, con sus voces, sus gestos toscos, riendo, bromeando, ante la mirada lúcida de la mujer, esa mirada que hacía que las habitaciones clamaran acusadoras y desprendieran un halo de culpabilidad, esos bomberos que –sin saberlo– se acusaban a sí mismos en su frialdad, con su indiferencia hicieron que Montag sintiera una temible irritación. Pero un ciudadano bien entrenado debe ocultar su rabia, los sentimientos han de permanecer ocultos. La escena era perfecta, Truffaut lo había planeado todo, los bomberos arrojaban al aire polvoriento montones de revistas que caían como pájaros asesinados, y la mujer permanecía abajo, desvalida, entre los cadáveres. Los libros, las revistas, no eran papel, eran vidas convertidas en cadáveres. Era un momento terrible. Se había vertido petróleo sobre los libros y los muebles. Los bomberos intentaron llevarse a la mujer. El maldito bastardo de Beatty, el bombero sin sentimientos, levantó una mano, en la que llevaba oculto el deflagrador, Montag intentó arrastrar a la mujer, ella pidió serena que la dejaran y abrió ligeramente los dedos de una mano; tenía un objeto fino, una mínima, anticuada y vulgar cerilla de cocina y, aquí está la grandeza de mi escena; mientras Bradbury despachaba ese momento mágico, decisivo, terrible con unas pocas palabras, <

No hablaron durante el camino de regreso al cuartel>> en la película las llamas transmitían el mensaje y denunciaban la quema de libros y cuadros por parte de los nazis, la persecución a los comunistas en Estados Unidos, las bombas atómicas con las que Estados Unidos mató cientos de miles de seres humanos inocentes en Japón, las hogueras de la Inquisición; las llamas de la película lo denunciaban todo, desde un futuro improbable, desde la fantasía y la mentira, denunciaban nuestro tiempo y nuestro pasado. Las llamas que iban creciendo alrededor de la mujer serena eran el mundo contra el hombre, los poderosos contra la sabiduría. Las llamas devoraban los cadáveres de los libros mientras en alguna parte, los ciudadanos mansos seguían yendo en trenes futuristas al trabajo, y mirando sus televisiones, cada una del tamaño de una pared, televisiones interactivas, en las que los protagonistas decían estupideces para que el espectador pudiera decir su propia frase en el momento adecuado y sentirse feliz porque supuestamente le dejaban participar en el espectáculo colectivo.

Y en el momento de mayor tensión, en primer plano, en el centro de todas las miradas, el libro con las imágenes de las obras de Dalí. Las llamas alrededor y el viento; quizá debido al mismo aire que se movía al arder el papel, iba pasando una a una las páginas del libro. Y los espectadores no podían despegar los ojos, estaban atónitos, comprendiendo la verdadera tragedia de ver un libro arder. Cada libro muerto es una vida que desaparece, un mito, un mundo, y allí estaba el fuego, inclemente, matando mundos en los que ellos mismos nunca habían llegado a vivir.
Fue mi momento de gloria; Truffaut me felicitó, lo hizo todo el equipo, yo era un muchacho, apenas sin pelo en la cara. Tenía esa edad en que se anhela ir a las barricadas para cambiar el mundo, en la que cada idea es tan sublime como irrealizable, en la que aún se cree en la amistad y no ha entrado en la cabeza la idea de la traición, ni la cobardía, ni la aceptación de que se vive en el mejor de los mundos… esa edad absurda y extraordinaria, cuando se cree que los seres humanos son buenos.
Recuerdo a la gente en las butacas, en plena catarsis, cuando Montag huye por haber cometido los delitos de leer y de no quemar libros, de entorpecer el buen funcionamiento del Sistema; rememoro, como si aún estuviera allí, cuando se escuchó en la sala de proyecciones <> y la gente miraba con ojos iracundos a aquella policía represora, presiguiendo por las calles al hombre que pretendía ser libre. <>, se escuchaba por los altavoces. No sabían, en verdad, dónde estaba Montag, pero el Estado tenía que simular que no había escapatoria, <> y en las casas, los analfabetos miraban en sus gigantescas pantallas de televisión cómo el Estado seguía al hombre y, supuestamente, lo mataba. Montag contemplaba la falsa verdad lejos ya, tras seguir las vías del tren, abandonadas, que se alejaban de la ciudad. Lo veía junto a los hombres libres, esos hombres que se habían convertido en Ortega y Gasset, Jonathan Swift, Darwin, Maquiavelo, Schopenhauer, Einstein, Aristófanes, o en sus obras, que quizá sea lo mismo. 
Yo estuve allí, yo lo viví, fui parte de aquella historia cinemaográfica, aunque fuera el último ayudante, el más joven e inexperto, aunque sólo imaginara la escena en que el aire pasa las páginas de un libro mientras las llamas lo devoran todo. Yo gocé, viví, aquel rodaje, era nuestra revolución; otros buscaban la playa bajo los adoquines, o se drogaban hasta quedar inservibles para la sociedad y para sí mismos. A cada uno su mierda, como afirma el dicho popular. Pero nosotros avisamos a la sociedad hace ya cuarenta años: sin los libros, sin sus mentiras, sin sus verdades, sin sus recuerdos, sin sus teorías, no sois, no somos, nada. Como decía uno de aquellos actores, casi ya al final de la película, <> Quizá no fueran las palabras exactas… ¡ha pasado tanto tiempo! Pero estuvimos allí, sí señor, estuvimos allí… Yo iba por las mañanas al café de Flore a desayunar mirando a Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Boris Vian, Jean Genet, y otros. Sartre fumada en una pipa de cazoleta esférica y achatada, de caño corto y cánula larga. Para desacreditarles decían que allí, en Flore, tomaban, anfetaminas y barbitúricos, aquellos rojos malos, pero ese descrédito los elevaba de estatura a nuestro entender. Porque estábamos revolucionando el aburrido y conformista mundo burgués.
Fuimos tan ingenuos… Nuestros dueños son más inteligentes que nosotros. No hace falta quemar ninguna obra; se corrompe el sistema educativo y asunto arreglado. Hemos convertido a los ciudadanos en siervos satisfechos; se les da los centros comerciales para que vomiten su ocio, restaurantes de comida basura, miles de películas iguales, para adolescentes idiotas, cientos de canales de televisión, y ya no hay nada que quemar. Si ahora naciera Sartre o Camus ya no preocuparían al Estado, nadie les leería, nadie les escucharía, estarían todos esos lumpemproletarios felices ocupados con el suplemento dominical del diario y con las fotos de la zorra o el cornudo que aparece en portada, o estarán viendo uno de los veinte canales que emiten dibujos animados sin interrupción, todo el día, o los canales de compras, o el cabezazo del jugador ese calvo al futbolista italiano, o los programas en que cabrones, putas, maricones y drogadictos hablan de otros cabrones, putas, maricones y drogadictos más famosos que ellos, quizá mejores. Perdone que use este vocabulario, la verdad es tan irritante… Nadie lee, y si alguien lee, da igual, se ha prostituido la democracia, y votan en masa los noventa y nueve asnos en contra del voto del hombre que ha leído. Asunto arreglado. Final. 
Lamento mi vocabulario, digo lo que pienso. Sé que en estos tiempos de libertad de costumbres debería censurarme. Se puede pensar, pero no decir… Es lo responsable en un sistema de libertades. En todo caso, doctor, quisiera que quedara claro que considero innecesaria esta terapia, no sufro el síndrome que ustedes afirman que sufro. Sólo soy un hombre recién jubilado y que tiene intereses, pasiones incluso. Pero de ahí a pensar que…
No acabó la frase, sino que hizo un movimiento giratorio con su mano izquierda de difícil interpretación. Al otro lado de la mesa, el doctor tomó las últimas notas. Aunque era joven, tenía dos líneas verticales fuertemente marcadas en el entrecejo y dos líneas horizontales, profundas y sinuosas, en la frente. Al acabar, levantó la vista, sonrió, y se mostró cordial. Su sonrisa era de ese tipo extraño que acaba con una ligera bajada en una de las comisuras de los labios.
–Si quiere, podemos seguir hablando de eso el próximo lunes, a la misma hora. Ya sabe que sus hijos están preocupados y dispuestos a hacer cuanto sea necesario por verle sano. Supongo que necesita medicación; en un momento le proporciono las recetas. Y ya sabe, salga a la calle, pasee, mire escaparates, a las chicas jóvenes y guapas, es la mejor medicina para el alma.

*

Se mantuvo educado en la despedida, pero al bajar las escaleras comenzó a refunfuñar. Había perdido una valiosa hora y tenía que ir a FNAC y a Gibert Joseph, a buscar libros y películas. Necesitaba novedades que ver y que leer. Dejaría los bouquinistes para el martes. Síndrome de Diógenes, llamaban síndrome de Diógenes a su amor por los libros. Malditos patanes, pensaba. En su edificio hubo una mujer que sufrió esa enfermedad, pero ella recogía perros; llegó a tener ciento ochenta animales en un espacio de menos de cien metros cuadrados. La mayoría estaban enfermos en el momento de encontrarlos. No tenían higiene. Ella era una enferma, no él, que se dedicaba a gozar de lo más sublime del alma humana, bien fuera sobre papel o bien en cualquier otro soporte.
Dejó de pensar en las obsesiones de los demás y se dirigió a FNAC. Aunque estaba abierta desde el cincuenta y siete, él comenzó a ser cliente a finales de los sesenta, cuando se dejaron de levantar los adoquines del suelo, y cada revolucionario volvió a casa a tomar su sopa tibia. <>, dijo a su grupo de amigos cuando acabaron las algaradas, y decidió olvidarse del mundo y vivir en la cultura. Los amigos no lo comprendieron. Se preguntó dónde estarían ahora.
Paseaba por Saint Germain y al ir a cruzar una calle vio de refilón la fachada de Gibert Joseph, se acarició la barbilla, su rostro expresó algo similar a <<¿por qué no?>> y cambió el destino de sus pasos. Miró los libros más vendidos; la historia del niño mago, El cementerio de las muñecas, un libro titulado Mujeres bien informadas, en cuya portada se veían unas piernas femeninas y el título y el nombre del autor imitando luces de neón y dijo en alto –sin darse cuenta, quizá- <>. Miró los libros de Houellebecq, pero constató una vez más que lo tenía todos, y también los libros publicados sobre el escritor, “Socorro, Houellebecq vuelve”, “Michel Houellebecq o la provocación”. Se paró ante el libro escrito por Arrabal. Eran conversaciones, recuerdos… un libro iconoclasta, se afirmaba en la contraportada. Pensó que aquella obra no podía faltar en su biblioteca. Miró la colocación de las cámaras de vigilancia que le perseguían desde cualquier esquina. Abrió el libro con esmero, buscó entre las páginas hasta encontrar el lugar en el que estaba colocada la pegatina con la alarma y la despegó con cuidado. No satisfecho completamente con su trabajo, revisó el resto del libro, página por página. Ya estaba limpio. Lo guardó en uno de los bolsillos de la gabardina. Anduvo satisfecho por el local, sintiéndose más joven, y se detuvo, con la felicidad de un muchacho que hubiera dicho un piropo a una chica guapa y hubiera sido respondido con una sonrisa, ante los libros de ocasión. 
–Cuántas pequeñas joyas que no interesan a nadie, hijos míos,  yo os liberaré de la soledad y el desprecio de estos patanes.
Ante sus ojos estaban las “Cartas de amor a Casanova” de Cécile de Roggendorff; el “Manual de buena conducta para las niñas”, del perverso Pierre Louÿs; “La corte de Marruecos”, un libro que desconocía, de Jean Potocki; el elogio de la amistad, de Tahar Ben Jelloun; y una pequeña joya compuesta de obras eróticas anónimas francesas del siglo XVIII. Eran todos libros pequeños, de bolsillo, cachorrillos de entrañas dulces que la mayoría ignoraba mientras corría babeante a leer la última superchería en forma de novela de intriga sobre ese supuesto personaje histórico llamado Jesús. Se merecían ser rescatados, por más que se encontraran en una buena casa, pero la suya les daría más intimidad. Comprobó dónde estaban las cámaras de vigilancia, dónde los dependientes, y poco a poco, el montoncito escogido fue pasando a los bolsillos de su gabardina. 
Era como salir de caza en su juventud. Iba sin un criterio definido, sin una pieza marcada. Paseaba por Saint Germain y miraba las caras; la primera era bella, tenía un reluciente pelo rubio y boina, quizá una estudiante de Bellas Artes, encantadora; la segunda era pelirroja, de pelo rizado, con pecas y cara pícara, labios gruesos, quizá dulcemente lasciva; sin embargo en ese instante se cruzaba una morena de pelo corto, madura, elegante, delgada, con un vestido distinguido que dejaba ver sus clavículas y el mundo pasaba a ser esas clavículas; pero por su derecha aparecía una chica joven, de poco más de veinte años, piel muy blanca, pechos breves, con aspecto de duros, enhiestos, y gesto tierno, dos pendientes en la oreja izquierda, una pulsera ancha y ropa ceñida, y su paladar se decantaba por una u otra antes de que pudieran perderse de vista. No quería dejar de gozar ninguna belleza. Igual sucedía con los libros, sería tan triste dejar escapar uno de ellos, sabiendo que en sus páginas te espera un mensaje. 
Salió del local sin que sonara ninguna alarma, sin que nadie le mirara de un modo extraño, tan radiante. Paseó con las manos en los bolsillos, acariciando los libros. <> le dijo a una muchacha de rasgos orientales, que le sonrió. Pasó junto a un grupo de jóvenes moros que escuchaban música en una radio dejada en el suelo, fumaban algo que por su olor debía ser delicioso. Dos chicas de aspecto entreverado se besaban de tal modo, frotando sus labios carnosos y húmedos con fruición, que sintió un repentino calor. Se entretuvo en sus pensamientos hasta llegar a su casa, sin dejar de acariciar los libros. Era un edificio clásicamente haussmanniano, con un segundo piso noble de dos balcones por vivienda; con el tercer y cuarto piso en el mismo estilo pero con marcos más austeros en las ventanas y el quinto piso con balcón fluente, sin decoración y con techo a cuarenta y cinco grados. Uno de esos edificios que crean confianza en el sistema, donde todo funciona.
Anduvo hasta el segundo piso y extrajo la llave de un bolsillo.
Abrió la puerta con dificultad; no era por eso definido como el peso de los años, ni porque le faltaran fuerzas, sino porque la puerta rozaba contra una pila de libros comprimida desde el suelo al techo, pila a la cual seguía otra, y después una nueva, así a lo largo del pasillo, hasta llegar a las puertas dobles. Las paredes de ambos lados del pasillo estaban cubiertas de libros. Sonrió, sacó de los bolsillos las nuevas incorporaciones a la colección y los depositó sobre la cama. Colocó la gabardina en un armario casi vacío.
–Ahora vengo. –Dijo a los libros, igual que otros hablan a su perro y entró en la cocina. Junto a la cafetera, vieja, majestuosa, aún útil, había varias pilas de libros. Encontró el café italiano, lo puso en la cafetera, la encendió. Mientras tomaba presión, puso a calentar leche y sacó un croissant de una bolsa de papel. Se frotó las manos.
El reloj marcó solemne las siete. Una brisa suave movió los visillos de la ventana.
–¡Ah, la vida puede ser bella! ¡Incluso para un jubilado!
El café comenzó a salir, caliente, oloroso, incitante. Fue a por aquellas obras y las llevó a la mesa del salón, abarrotada de libros salvo en el pequeño espacio donde colocaba su bandeja para hacer las cuatro comidas diarias. Los dejó sobre la silla. El olor del café ya llegaba al salón. Las paredes estaban cubiertas de estanterías con libros en doble fila, tumbados otros sobre los que estaban en pie cuando ya no cabían más en algún lugar. En el suelo, un gran cajón de cartón mostraba impúdico las fichas de los últimos títulos incorporados a tan selecta biblioteca; título, nombre del autor, ciudad, año, editorial, a su lado una pila de revistas eróticas de los años cincuenta, de un metro de altura, en cuya cima se encontraba una que valió ciento cuarenta francos, y que tenía como ilustración de portada a una bella señorita, vestida sólo con unas mínimas bragas negras, una bufanda y un pañuelo en el pelo, y que tenía ocupadas las manos con unos esquís y unas tablas. Tenía los senos grandes, apuntando hacia los costados con dos pezones tan amplios como brillantes. Era el número cuarenta y tres de aquel título. Detrás de aquella pila de revistas, apoyado sobre una estantería, estaba enmarcado el cartel de la película Fahrenheit 451, con los nombres de Julie Christie, Oskar Werner y François Truffautt; con fondo negro y una llamarada en el centro, con el arma del bombero vomitando aún llamas. Y el aviso en letra fina, Technicolor.
Por delante del cartel pasó con su bandeja, el café con leche, grande, lascivo, y el croissant. La depositó en la mesa, rozando por los lados con los libros. Apartó sus últimas incorporaciones al catálogo particular para poder sentarse.
–Lo cantaba Aznavour, c’est beau la vie. Sí que es bella la vida, en tu rincón, con tus amigos, tus placeres, lejos de la realidad. 
Acercó la taza a los labios. Al beber el primer trago vio que el aire movía las páginas de un libro abierto, en una torre, junto al balcón. Las iba pasando poco a poco. A pesar del sabor del café, de las sensaciones placenteras que las papilas gustativas de su lengua le enviaban al cerebro, sintió angustia. Intentó apaciguarla mordiendo el croissant, sin prisa, dejando que la lengua sintiera el contacto gozoso. Era exquisito. Al voltear la última página, el libro quedó tranquilo. Sólo se movían los visillos.
–No es buena la soledad. Se aprecian cosas en las que no se repararían en otras situaciones. Si hubiera tenido nietos corriendo entre los libros no me habría percatado del movimiento de páginas. Pero mi hijo es un capón que sólo piensa en vender sopa, y mi hija teme perder su delgadez. ¡Y bien que la recuperará cuando le llegue la muerte! Sólo os tengo a vosotros, hijos. 
Anduvo hacia una habitación, donde aún estaba la cama que un día fue de un adolescente, y pulsó el interruptor de la luz. Revisó su colección de discos de vinilo, sus óperas, los conciertos, las sinfonías, todo Mozart, todo Bach, todo Vivaldi, todo Satie, todo Shostakovich, todo Stokowsky, pero también los discos de Boris Vian, de Serge Gainsbourg, de Jean Ferrat, de Brassens, de Cabrel. Apagó la luz, y mientras se volvía comenzó a canturrear Je t’aimais, je t’aime, je t’aimerai, con un dejo triste. Se dirigía hacia otra habitación cuando escuchó el timbre de la puerta. Quedó en silencio. Compuso para nadie, quizá para sí mismo, un gesto de extrañeza y se dirigió hacia allí, acariciando con las manos los libros que ocupaban ambos lados del pasillo. Abrió despacio. En esta ocasión el gesto de extrañeza sí tenía un destinatario.
–Hola, papá. Qué alegría de verte. ¿Podemos pasar?
No sabía quién acompañaba a su hijo, el vendedor de sopas. Parecía un hombre vulgar, con una mirada poco expresiva y aspecto gris, de los que se diluyen en el paisaje.
–Pero, claro, hijo mío. Estás muy guapo, te ha sentado bien cumplir cuarenta. ¿Hace cuanto no te veía? ¿Dos meses?
–Sabes que estoy muy ocupado.
–No era una acusación. Vayamos dentro. ¿Tu mujer bien?
–La veo poco.
–Así pues, bien. Toma asiento. Permítame que quite libros de una silla para que usted también pueda sentarse cómodamente. Los dejaré… ¿No le molesta que queden libros entre las patas de la silla? Sé que a veces, para la gente normal, es una sensación un poco extraña. –El hombre de aspecto gris hizo un gesto con los labios y un movimiento de cabeza que parecían significar que no había problema. –¿Os pongo algo de beber? ¿Un Oporto? 
–La realidad, papá es que no tengo mucho tiempo para estar aquí. Debo visitar a unos buenos clientes. Este señor es un profesional que te ha estado siguiendo durante los últimos quince días. 
–Cuánta molestia por mí, hijo mío. Me abrumas.
–Hoy te ha seguido desde el psiquiatra hasta Gibert Joseph. Me ha informado que ibas hablando solo, con aspecto de enfadado.
–¿Es algo inmoral? ¿Lo permiten las leyes, hijo mío?
–Sí, eso sí… Te ha seguido en la librería y ha grabado en una mini cámara todos tus movimientos. Cómo cogías los libros, quitabas las alarmas, los guardabas en la gabardina y…
–Hijo mío, no es necesario que te molestes en explicarme lo que he hecho. Aún poseo las potencias del alma, incluida la memoria.
–Lo decía para que comprobaras que no te miento. Después, en la calle, has hablado algo con una muchacha de rasgos orientales que te ha sonreído.
El hombre comenzó a sentirse muy impaciente. Era imprescindible que acabara aquella visita tan desagradable. ¿Cómo podía ser aquel su hijo? Los visillos se movían por el aire que entraba por el balcón y le distraían. La casa era tan acogedora cuando estaba solo con los libros… Y allí, sentados, aquellos dos, su hijo y el hombre gris.
–Y, bien. ¿Tras dos meses sin poder gozar de tu presencia has venido para contarme algo que no conozca?
–Papá, ayer entramos aquí, mientras dabas tu paseo diario por la orilla del Sena. Hicimos un cálculo aproximado; tienes algo más de catorce mil quinientos libros, dos mil trescientos discos y unas mil trescientas películas. Otros recogen basuras, tú recoges libros, discos, películas. Tienes el síndrome de Diógenes. Tu ropa está vieja, necesitas arreglar la casa, dios mío, no tienes ni una televisión. Falta oxígeno aquí… Así que tras comprobar cómo estaba todo no tuve más remedio que llamar a mi hermana.
–¡Oh, mi hija! ¿Qué es de su vida? ¿Dónde está ahora?
 –Se mudó la semana pasada a Lauteburgo, un pueblo en la frontera con Alemania.
–Conozco la ciudad, al borde del río Lauter. ¿Y qué hace allí, además de prepararse para pasar frío nueve meses al año?
–Se ha ido con un hombre, pretende casarse.
–¡Oh, mi hija! Cuánta iniciativa. Sería su tercer matrimonio, con poco más de treinta años. Sin contar los otros tres muchachos con los que ha vivido. Si hubiera puesto tanto empeño en formarse intelectualmente como en recoger ramilletes de amantes sería más que una simple cajera en un supermercado de tercer orden. ¿Y qué os dijisteis?
–Hemos acordado que es lo mejor para ti ingresarte en una casa de salud temporalmente, donde haya profesionales que te vigilen. No pongas esa mirada de loco. Has perdido el control de tus actos. Los libros te han hecho perder la razón. 
Al escuchar aquellas palabras se levantó francamente exasperado, sintiendo odio por su hijo. Hizo un movimiento brusco de su mano derecha y un libro de una de las torres cayó al suelo. Mientras lo recogía, recriminó al vendedor de sopa, carne de su carne.
 –No eres nadie para encerrarme. Eres un simple comerciante inculto, un castrado, un don nadie. Los últimos años me preguntaba a quién podría legar mi biblioteca al morir, porque no la merecéis ninguno de los dos.
–No me insultes, papá. La biblioteca, a tu muerte, será vendida y se repartirá la herencia como marque la ley.
–Cerdo –gritó lleno de ira-, esta casa es un eslabón más en la cadena de conocimientos de la humanidad, es la sucesión de la biblioteca de mis padres y de mis abuelos, y debería seguir en vosotros. Esta biblioteca está llena de vida, hay miles de vivencias, de mundos posibles en sus páginas. Es la historia de la humanidad, o al menos, la historia de occidente. En ella está mi alma… si es que sabes qué es eso. Tú no vas a vender mi biblioteca ni vas a encerrarme en un asilo. 
–Tu exaltación demuestra tu locura. Necesitas profesionales que te administren medicamentos que te relajen, alimentación adecuada, impulsos positivos.
–Aire, aire, necesito aire. –Salió al balcón y se apoyó en el quicio de la puerta. -Y has tenido que contratar a ese hijo de puta para que me siguiera, para que controlara los actos de quien te dio la vida. No vales ni para seguirme tú, cornudo, flojo.
–Papá, tus palabras demuestran tu locura. 
–Yo estaba sereno con mis libros, con mi café, con mi croissant, con la cultura de milenios a mi alrededor, hasta que llegaste tú, simple vendedor de sopa, cornudo, usuario de zorras baratas, a poner orden en el mundo, a decidir que los hombres cultos no somos la élite de la sociedad, sino que estamos locos. Necesitas meterme en un asilo para que tu conciencia esté tranquila mientras tu mujer y tú os acostáis con otras parejas, llenos de cocaína, en vuestra casa minimalista y estúpida. Tus cuernos están bien, mi dignidad es demencia.
El hijo se levantó de la silla rabioso por la forma en que su padre le había desnudado en público. Desquiciado porque un inferior le escupiera la verdad a la cara. Cogió a su padre por la pechera de la chaqueta y le zarandeó. 
–Vas a ir a una casa de salud quieras o no. Es por tu bien.
El hombre perdió el equilibrio, sintió su cuerpo más ligero, vio las manos de su hijo intentando sujetarle por una solapa de la chaqueta, todo cambió de repente y lo que estaba arriba pareció estar abajo, no tuvo tiempo de ver pasar su vida, como dicen que sucede, sólo pudo pensar <> y antes de tener una nueva idea, su cuello chocó contra la acera y produjo un crujido demoledor. El cuerpo quedó dislocado, como un pelele tirado al azar. Fue una salida de escena rápida, nada brillante, sin oportunidad de decir esas últimas palabras que siempre se conceden al moribundo en el cine.
Dos parejas que estaban en el café, bajo el balcón, se levantaron entre grititos nerviosos. El vendedor de sopa se quedó, atónito, con ambas manos en el antepecho del balcón.
Un tipo joven, vestido con un chaleco lleno de bolsillos, sacó una cámara fotográfica de un bolso. Comenzó a fotografiar el cuerpo desde diversas posiciones, cerca, lejos, parecía un trabajo brillante el suyo. Salió corriendo mientras llamaba por teléfono a la redacción del periódico. Pronto habría un redactor, o decenas, en el lugar de los hechos. Quizá incluso una ambulancia.
–No sé preocupe –dijo el hombre gris a la espalda del hijo–, si es necesario, yo declararé que fue un accidente, que su padre trastabilló y cayó solo. Tenemos pruebas de su mal estado psicológico. Nadie puede inculparle.
El vendedor de sopa miró, desolado, hacia el cadáver. Parecía muy preocupado por la situación. El hombre gris se sintió algo emocionado. Su cliente tenía aspecto de estar verdaderamente preocupado por el padre. Quizá fuera un buen tipo. El hijo habló por fin.
–Pero puede haber cámaras de vigilancia. Nos vigilan a todas horas. 
El hombre gris apoyó una mano en el hombro del cliente. Le masajeó intentando mostrar complicidad.
–¿A quién van a creer, a un honrado empresario o a la imagen lejana de una hipotética cámara en la que se puede constatar que intentó sujetar hasta el último momento a su padre? Yo fui testigo de su intento denodado por evitar la caída. 
El hijo no respondió. Miró a lo lejos y vio la ambulancia que se dirigía a su edificio. Quizá hubiera llamado alguien desde el café por si había alguna posibilidad de salvarle. Su padre… Le maldijo; ya no tenía tiempo para salir de allí. Debería bajar a la calle y afrontar el problema.
–Malditos libros, maldita manía de viejo loco. –Dijo. Y descargo un puñetazo sobre el antepecho del balcón. Sonó su teléfono móvil. Quizá fuera el cliente con quien estaba citado. Pensó qué podría decirle, una disculpa. Rápido.
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