De Algeciras a Estambul

Lucía del Mar Pérez



La mayoría de españoles pensamos el Mediterráneo tal como lo describe Serrat. Tanto los que vivimos a sus orillas como los que ocasionalmente se zambullen en sus cálidas aguas saladas, saboreamos el Mare Nostrum cuando escuchamos sus acordes.
Ahora, mientras el movimiento apenas perceptible del tren me acuna y me lleva de nuevo a Alicante, voy dejando atrás la Ciudad de los prodigios, como  denominó Eduardo Mendoza a Barcelona. Me voy despidiendo de los sabores de la antigua  y bohemia  Barcino.
La ciudad de Barcelona es un claro ejemplo de fusión mediterránea. Se asienta sobre una estrecha llanura litoral entre la desembocadura de los ríos Besòs y Llobregat. Allí se alojó la tribu ibérica de los Layetanos. Después se convirtió en la Barcino romana en época de Augusto. Conquistada por los musulmanes, reconquistada por los carolingios, fue transformada en la Marca Hispánica tras la Batalla de Poitiers en el lejano año 732. Un pasado agitado y multicultural, que ha ido esculpiendo la personalidad de sus habitantes. 
Pero no es una herencia única de la vieja Barcino. En definitiva, cualquier persona curiosa, sabe, o debería saber, que el Mediterráneo ha sido un mar clave para la Historia y el desarrollo de nuestra cultura. Fenicios  y romanos han navegado por él junto a los griegos quienes sobrepasaron los límites del mismo a través del Estrecho de Gibraltar hace unos 3000 años. Nuestra Historia está repleta de contactos entre los diferentes pueblos que surcaron sus aguas legendarias donde campaban a sus anchas Jasón y los argonautas. Griegos, romanos, cartagineses, judíos, musulmanes, ¿qué somos en realidad? Cada uno de estos pueblos es una pieza del puzzle que forma nuestra civilización del siglo XXI.
Si nos detuviéramos un instante y echáramos la vista atrás, quizás nuestras mentes obtusas sufrirían una transformación. Tomemos como ejemplo a Cataluña. En nuestra retina permanece aún la imagen de la manifestación del pasado día once de septiembre. Existió un momento en nuestra historia, en la que el empeño de un monje llamado Ramiro consiguió que se creara una nueva entidad política llamada Corona de Aragón, gracias a que colgó los hábitos, procreó a una niña, Petronila, que fue reina a los tres años tras ser desposada con Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona. Fueron años de unión entre Aragón, Baleares, Valencia y Cataluña. Ahora, siglos más tarde, nos recreamos en discusiones lingüísticas totalmente estériles como: «¿Son el catalán y el valenciano la misma lengua?»  Y levantamos muros infranqueables. Este lugar llamado España bebe de las fuentes de un pasado común, unos mismos orígenes en los que todos tenemos sangre romana y cartaginesa, todos somos un poco moros y algo judíos. Y aunque hoy no existan los Estatutos de Limpieza de Sangre, nos entretenemos en buscar elementos que favorezcan la segregación.
Simplemente, deberíamos observar los elementos de cohesión, nuestros lazos comunes, y ver que, a pesar de los odios y los rencores que el hombre actual se ha empeñado en atesorar, son muchos más los argumentos para  potenciar lo que nos une y queramos o no, forman parte de la fisionomía de nuestra cultura.
Yo ya estoy harta de los nacionalismos. Mientras reflexiono sobre el tema, recostada en mi diván, bebo vino tinto caliente especiado diluido en agua, como los romanos de la Antigüedad. 
Porque todos somos romanos, entre otras cosas.



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