Miguel Ángel de Rus y Txema Arinas debaten en exclusiva para Periòdico Irreverentes

Facebook tiene como virtud la facilidad con que saltar los resortes del buen debate. Juntar a dos o tres mentes inteligentes, encontrar el momento favorable y dar con el tema que catalice la fórmula es algo que se va quedando reducido a ese fondo efímero que es el muro de Facebook. Pues uno de esos debates lo hemos logrado rescatar para darle forma en otra pantalla, la de Periódico Irreverentes. Verán cómo nos agradecen que entre el menudeo de banalidades diarias que deglute la red, hayamos logrado salvar este diálogo entre Miguel Ángel de Rus y Txema Arias a propósito de lo que es universal y lo que es local en nuestra literatura. Incluye multimedia, cómo no.





M.A.R.-  Vamos a ver si explico por qué no somos europeos… estooo… a ver, sí… Europa es: 



 y España es:




Dicho queda y que dios me perdone por haber sido tan cruel. Si alguien escucha los 2 enlaces comprenderá «lo nuestro» …

T.A.- Bueno, bueno, muy «cogidico» por los pelos. Son estilos y mundos completamente distintos. Vamos, el que va del urbano, cosmopolita, y culto del parisino de procedencias e influencias varias a ese otro tradicional, rural y meridional de Farina. Creo que la comparación debería ser entre Gainsbourg y Javier Krahe, Sabina, Serrrat o por el estilo. Así como entre el flamenco de Farina y la música tradicional de Auvergne, el Languedoc e incluso la propia Córcega. Ahora bien, hay que recalcar, a tu favor, que ldel mismo modo que a música música que identifica a Francia es la de Brel, Moustaki, Piaf, Montand Aznavour, Brassens y el propio Gainsbourg, a España lo hace sobre todo el flamenco, por algo será. De modo que, bien mirado, no sé para qué hostias meto todo este rollo, la verdad.  Igual ni viene al caso, tampoco es que sea una representación precisamente muy genuina de lo francés, a mí entender nada, pero como he citado Córcega y su música, he aquí una muestra de sus famosas y maravillosas voces corales. En dosis breves, por supuesto.


M.A.R.- Serrat nos enseñó poesía y música junto a Paco Ibañez, Luis Eduardo Aute y Alberto Cortez, y Sabina es un golfo genial, pero hay diferencias… Para mí los 5 son parte de mi educación musical y humana, pero Gainsbourg… un tío tan feísimo, que fue amada por Brigitte Bardot, Jane Birkin (palabras muy mayores) y unas cuantas artistas más de primera fila, que se da el lujo de comprar el original de «La Marsellesa» para demostrar que su canción «Aux armes, caetera» es fiel al himno (jodió bien jodidos a todos los patriotas), que poco antes de reventar de tristeza y excesos, canta en público «Je suis venu te dire que je m’en vais» demostrando que un hijo de exiliado ruso podía sufrir en público como el mismo Jesucristo y dejar el alma en el escenario… eso lo ha dado Francia, no España. Y creo que los escritores españoles (también los que somos de tercera fila), deberíamos plantearnos que la vida está ahí fuera, quitarnos la caspa provinciana, y salir a conocer ese mundo que se nos está quedando tan grande y emborracharnos de él. Perdón por el mitin…
T.A.- «Da minha aldeia vejo quanto da terra se poder ver do universo…/Por isso a minha aldeia e tâo grande como otra terra qualquer/Porque eu sou do tamanho do que vejo/E nâo do tamanho/Da minha altura» Alberto Caeiro – F.Pessoa
M.A.R.-  Estoy de acuerdo, Txema, pero con este poema pasa lo mismo que con Macondo o con el lugar de la Mancha. Pessoa tenía el mundo en su cabeza, como García Márquez o Cervantes y lo que tocan, al menos en parte de sus obras, lo convierten en válido para cualquier tierra y cualquier momento. Creo que los que somos escritores normalitos, deberíamos leer muchísimo de lo hecho en las partes del mundo más raras, viajar a conocer no como el turista, sino como el adolescente que abre los ojos al mundo, desnudos de todo aprendizaje previo. Hay otras formas de ética, de estética, otros amores, otros urbanismos, otras razones para vivir y morir, y hay que empaparse de ellas. Y luego, claro, vuelves a tu aldea y ya sabes lo que ves. Con perdón por autocitarme, es lo que venía a decir en un relato largo mío «Extraña noche en Linares», un tipo que ya está cansado de todo y decide volver a su pequeñita ciudad a desgranar sus vivencias. Pero incluso en ese caso tiene un encuentro embriagador con las drogas y cuando creía tenerlo todo visto, vive lo más inesperado. Vaya, que hay que tener morriña de París en tu aldea y morriña de tu aldea en París. Pero, como dice el proverbio ruso, lo mejor del viaje no es salir ni llegar, sino el viaje mismo.
T.A.- Escribir desde el extrarradio, que es una bonita manera de decir que desde la provincia, desde el agujero particular de uno, es algo que hacemos todos. No importa desde qué punto del globo lo hagas, no importa sobre qué escenario, en qué lengua o con qué personajes. Todo es provincia o periferia de algo, la aldea de Fernando Pessoa, que era una aldea bien grande de casas de tejados rojos que daban a un estuario del que iban y venían gentes de un lado a otro del mundo, o las calles de Brooklyn donde pululan los personajes generalmente arrastrados de Paul Auster. El escritor escribe tanto de lo que conoce como de lo que le gustaría conocer, escribe desde su agujero para el resto del mundo. Pero, para no andar a tientas, en terrenos que desconoce porque no ha pisado y si lo ha hecho seguramente ha sido sólo de paso, o poniendo voces a gente que en realidad no puede saber cómo se expresan de verdad, prefiere escribir desde el mundo o las personas que le son cercanas. Éstas no son menos provincianas en su origen y modo de vida que los señoritos ensoberbecidos que pintaba F. Scott Fitzgerald en su El gran Gatsby, no menos dignos que las putas de las novelas de Zola, o menos patanes que los griegos de la Iliada o la Odisea que solo dan en héroes cuando Homero, o quién fuera que escribió de verás semejantes maravillas, los saca de su Ítaca y los somete a mil y una pruebas, y todo para que el momento cumbre de toda su obra fuera cuando Ulises vuelve a casa para poner orden en su hacienda y reencontrase con los suyos. Podría seguir con los nobles venidos a menos, los pequeños burgueses ambiciosos o los campesinos ambiciosos de Dostoievski, pero es que todos los personajes de la literatura universal fueron escritos desde el extrarradio. 

Porque, al fin y al cabo, la provincia es un estado del alma antes que un espacio físico, aquel que no te permite levantar la mirada más allá de lo que te rodea, que te induce a pensar que no hay nada mejor, nada merezca la pena ser conocido, nada que no puedas encontrar a tu alrededor, nada más allá de los estrechos límites de tu provincia particular. Eso, ni qué decir, le puede pasar a uno tanto desde su apartado caserío en el Goierri guipuzcoano como de la buhardilla más chic del barrio bohemio de Montmartre de Paris, y tampoco importa la época, ésta sólo es otro escenario. Porque lo provinciano en la literatura no lo es tanto el escenario y los personajes, como la mirada con la que el escritor describe su mundo, y, sobre todo, antes que nada, en esencia, la voz con la que éste universaliza su territorio literario. Porque es la voz del escritor sobre el papel quien hace que el Ulysses de Joyce sea una obra cumbre de la literatura universal sin salir de Dublín y con unos personajes por lo general mediocres, es la inconfundible voz dura y lírica de Céline la que hace que su relato de las trincheras de la Primera Guerra Mundial sean tan universales como los rifirrafes de los vecinos de su barrio parisino, es la voz incisiva y saudosa de Lobo Antúnes la que universaliza a todas las capas sociales de su pequeño país volcado sobre Atlántico. Y como además la provincia es un territorio limitado y habitado por una gentes concretas con su idiosincrasia, los autores con voz universal, esto es, que trabajan con la materia prima de la literatura, la gente y sus circunstancias, en esencia las mismas para todos de una punta a otra del globo terráqueo, también crean provincias a su medida. De ese modo, Faulkner universalizó a sus paletos sureños de todos los colores y gentlemen otro tanto en su impronunciable condado de Yoknapatawpha, del mismo modo que muchos admiradores de su obra como García Márquez o Benet lo hicieron con su Macondo o Región. Algunos ni siquiera necesitaron disfrazar sus territorios vitales de literarios para tener una voz propia con la que hablar de lo que ha hablado siempre la literatura desde Homero a nuestros días, del ser humano y cómo agarra la vida por los huevos, siquiera ya sólo de cómo ésta se le echa encima con todo su peso, poco les importó que para hacerlo tuvieran que escribir de su propio extrarradio como hicieron Quevedo, Kafka, Joseph Roth, Broch, Conrad, Eça de Queiros, Pirandello, Baroja, Brendan Behan, Kundera, Pasolini, Coetzee e incluso el Blasco Ibañez de sus primeras novelas, a saber qué otros… ¡todos!

En resumen, es la voz con la que escribes, cómo lo haces y de qué, lo que hace universal tu territorio literario particular, tu mirada. Porque los temas de la literatura siempre son los mismos, sólo cambian las miradas y es estilo que se le imprime a ésta, la puesta en escena. Y, claro está, si para hacerlo, porque te hará falta, no lo dudes, has leído de todo y has viajado por todas partes, siquiera sólo en la medida de tus posibilidades o de acuerdo con tus necesidades, si has conocido a todo tipo de gente y has disfrutado de un buen cúmulo experiencias de las que luego podrás sacar provecho literario, pues mejor que mejor. No dejes nunca de hacerlo y, sobre todo, no desprecies lo que tengas a mano, no desprecies a nada ni a nadie que no se lo haya ganado a pulso.
M.A.R.- Puf… esto comienza a dar material para un Curso de Verano. Me parece muy bien tu opinión, pero tengo un problema. Mi alma (o lo que sea que tengo) se formó (creo) con Turgueniev, Dumas padre, Villiers de L’Isle Adam, Edmond Rostand, Mozart, Vivaldi y cuando caí en la parte más sucia de mi vida, con Serge Gainsbourg, Jane Birkin, Jehtro Tull… También con Ramón del Valle Inclán, Asfalto, Topo o don Miguel de Quevedo. Pero reviso mis intereses actuales, y no veo casi nada local: Tamara de Lempicka, los Prerrafaelitas, Cannes, París, Amsterdam, la escultura de Miguel Angel, Auguste Rodin, Camille Claudel, la arquitectura Haussmaniana, el armagnac, el café, el chocolate. Y vivo pegado a Madrid, soy habitual del Café El Espejo, del Teatro Alfil y de los Cines Alphaville o Renoir (con los nombres que tengan ahora, qué más da), pero me sigue gustando más Jean Paul Rappenau o Patrice Lecomte que lo que se hace aquí. ¿Por qué? Ellos huelen a fresco. Porque España lleva dos siglos no de decadencia, sino de despeñamiento (incluidas regiones independentistas, lo siento, las verdades duelen pero curten) y se nos nota que nos hemos quedado atrás, en un recodo de la historia. Se puede defender lo local, sí, pero o miramos hacia fuera y hacia delante, o nos puede pasar lo que avisó Rafael Reig en su Literatura para caníbales (o como coño se llama el libro). Cuando Kafka escribió “La metamorfosis” lo hizo en su “círculo” de Praga, pero escribió el epitafio de todos nosotros, estemos donde estemos. Y les va a vales a nuestros nietos.

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