La última calle

Sergio Coello


  Llueve intensamente de madrugada sobre la última calle de la ciudad mientras un hombre solitario camina por ella. Va enfundado en una gabardina chorreante y del ala inclinada de su sombrero caen gotas de agua sobre las punteras de sus zapatos que él intenta contemplar a través de unas gafas pasadas por agua. De pronto, el hombre se coloca un espejo de bolsillo frente a la cara para observar el desolado paisaje urbano que va dejando atrás y luego enciende una linterna para iluminar el espacio inmediato a su zancada nerviosa, aunque apenas puede ver nada porque esa calle es oscura como los relatos cortos de Marc Behm. Por último, activa unos diminutos limpiaparabrisas instalados en sus gafas graduadas y entonces distingue más claramente las borrosas figuras que le aguardan inmóviles al final. Son bultos inquietantes, extrañas criaturas inmutables que le cierran la salida al otro extremo de la calzada. El hombre acelera el paso y silba para que la desbloqueen pero todo es inútil. Esos tipos que le aguardan parecen hallarse poseídos por una aterradora quietud y no reaccionan; se diría que están al tanto de que el paseante no vivirá lo suficiente como para llegar hasta ellos. O puede que estén totalmente seguros de que ese paseante va a caer fulminado sobre el asfalto antes de verles el rostro, lo que no es sino una forma de contar las cosas. En realidad, carecen de él.
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