La pesadilla de otro mundo

Fernando Betanco


El soñador se ve así mismo caminando por un salón enorme, elegante, lleno espejos y se le antoja creer que está en una casa en los primeros años del siglo XX, en alguna ciudad de Europa Central. Después se acerca a un cuarto  pequeño, de aspecto más acogedor, por medio de un pasillo envuelto en la penumbra, iluminado tenuemente con algunas antorchas dispersas e insuficientes y aunque no hay nadie a su alrededor, él siente la presencia de multitudes de seres antropomorfos. Se agrupan y lo miran a través de las sombras y lo siguen desesperados, como deseando atraparlo. ¿Será posible que en un universo alterno? El soñador busca algo, no sabe exactamente de qué se trata, pero tiene relación con un cuerno dorado manchado con sangre. Al llegar al mencionado cuarto se detiene de repente. Una imagen lo ha dejado fuertemente impresionado, pues delante de él hay un cuadro macabro, irreal. Se queda paralizado, y si no se desmaya es simplemente porque no puede: cerca de una ventana enorme cubierta con unas majestuosas cortinas azules, está el cuerpo firme de un hombre sin cabeza. Su ropa lo revela como un militar. En su cuello se encuentra una mancha roja. Se pueden distinguir los huesos de la columna vertebral. Aquel cuerpo mueve su brazo y acaricia algo. El soñador desvía su mirada para ver qué es lo que acaricia y su sorpresa es enorme cuando descubre que es una cabeza humana que sonríe con aire altivo. Sin duda pertenece al decapitado: lleva el cabello largo y revuelto, una barba muy poblada esconde la mayor parte de su rostro, sus ojos le muestran a alguien arrogante, lleno de una secreta y peligrosa sabiduría. Y dirigiendo esas dos pupilas duras directamente al soñador le pregunta: ¿Qué quieres? El corazón del soñador comienza a acelerarse descontroladamente y desearía despertarse ahora mismo, lo intenta pellizcándose con fuerza, pero no sucede nada, entonces comienza a pensar que en realidad no está soñando, que esta es su realidad. Horrorizado trata de escapar mientras una carcajada macabra resuena en la habitación que ahora deja, pero, para aumentar su angustia y desesperación, por más que lo intenta no logra salir de ese pasillo. Es en ese momento en el que se comienza a sentir en el limbo, como si flotara, le parece que está a punto de caer en un abismo, todo está perdido. Una mano toca su hombro, un frio estremecedor y abundante le recorre la espalda.
Sombras, pinturas de hombres deformes, instantes vacios del no sé qué.
El soñador despierta dando un grito de espanto. Su corazón parece que le va a salir por la boca. Mira a su alrededor fuertemente agitado y entonces descubre que se halla en una habitación pequeña, envuelta en una penumbra de sobra conocida y hasta más íntima y confortable. Poco a poco se va sintiendo más tranquilo, el alumbrado público la  llena de pedazos de luz a manera de pequeñas lagunas dispersas en una tierra de sombras. Reconoce ese calor húmedo, pesado que empapa el ambiente propio de los meses de verano en un país tropical. Ahora recuerda, se recuerda quién es, por un instante de veras creyó que vivía en aquella época pasada convulsionada por la primera guerra mundial -pues él presume que ahora vive muchos años después, en el futuro-, se restriega fuertemente los ojos con la mano hasta que produce de sus globos oculares un sonido que a él siempre le ha parecido gracioso, algo así como si destripara con las manos un huevo. Se levanta, enciende la luz y contempla de un rápido vistazo a su alrededor: está en un apartamento de un segundo piso, de una colonia típica de casas de avenidas peatonales. La habitación es pequeña, hecha con bloques de arena y cemento sin repellar, sin divisiones. El lugar es un caos completo pues la ropa, cajas de cartón, basura y libros están tirados por todas partes. En la cocina que solamente la constituyen una mesa de madera de pino, una estufa eléctrica de dos hornillas, platos sucios, comidas rápidas a medio empezar o terminar, según como se mire, además de ratones que hacen sus delicias con las sobras, luciendo una pasmosa tranquilidad sin importarle en lo más mínimo la claridad, ni el humano que los observa algo aturdido. También un buen número de cucarachas se pasean como si fueran las verdaderas dueñas del lugar instaladas en cualquier rincón posible; en las paredes, en el piso, en las mesas, en los muebles…
El soñador camina despacio como si de un anciano próximo a morir se tratara, pensando en todo y pensando en nada. En un momento se sienta y se adormece por una fracción de segundo. Abre los ojos y está en el mismo lugar, entonces algo más lúcido se pregunta si realmente no sería mejor si su realidad fuera la de la pesadilla que ha tenido hace solo un instante, o quién sabe si la verdad es que su alma se reparte en dos mundos alternos, los dos igualmente tenebrosos.
Se levanta y observa el calendario, sonríe, pensando en lo ridículo de sus pensamientos, solo ha tenido un mal sueño, se dice, nada más.
La noche era quieta y pesada en aquella ciudad centroamericana con pasado colonial, los perros, como buenos recepcionistas, ladraban avisando que Satanás se paseaba por esas calles polvorientas.
En otro lugar, colocada delicadamente en una fina bandeja de plata colocada a su vez en una lujosa mesa de caoba, una cabeza ensangrentada ríe a carcajadas, mientras una mano de un cuerpo decapitado le acariciaba el cabello con ternura casi perturbadora, sí, y se nota en su mirada la sed de sangre y lujuria que solo pueden albergar las mentes más sádicas y despreciables de cualquier mundo. 

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