Mejor que ficción, de Jorge Carrión

 

Santiago García Tirado
La sonrisa monalisiana de J. Carrión y el título del libro son concomitantes
 
Jorge Carrión no entiende de dificultades. Entiende de retos. Si un tema lo encandila, uno ya espera un nuevo reto de su factoría, y hasta se puede imaginar la altura. De esta forma ha escrito relato de viajes, y ha acabado siendo experto en autores de viajes. Ha analizado las series de televisión, y ha escrito tanto la novela Los muertos como el excelente ensayo Teleshakespeare inspirado en ese género televisivo que vive actualmente una segunda (magnífica) juventud. Ejerce como profesor de Literatura contemporánea. También como coolhunter entre el maremágnum de las nuevas formas de expresión artística en la era 2.0. Edita, o supervisa, o provoca que otros editen algunos de los mejores textos de los últimos años (la última summa de los relatos de Pirandello es solo un ejemplo de su buen hacer). Y por si alguien creía que ahí se terminaban los retos, hoy aparece con un formidable libro dedicado a lo que ahora llaman a la inglesa no ficción: la antología editada por Anagrama con título travieso que recoge maravillosos relatos de periodistas dotados de buenas armas de seducción narrativa: Mejor que ficción (Anagrama, 2011).
Realizado en colaboración con Marco Cervantes, Diajanida Hernández y María Angulo, Jorge Carrión ha dado a la imprenta un auténtico diccionario de cronistas hispanoamericanos junto con una soberbia selección de textos (440 págs.) que constituyen en sí una atractiva antología narrativa de última generación. Los protagonistas se llaman Juan Villoro, Fabricio Mejía Madrid, Maye Primera, Alberto Salcedo, Juan Gabriel Vásquez, Juanita León, Julio Villanueva Chang, Gabriela Wiener, Jaime Bedoya, Pedro Lemebel, Alberto Fuguet, Cristian Alarcón, Juan Pablo Meneses, Jordi Costa, Guillem Martínez, Martín Caparrós, María Moreno, Leila Guerriero, Edgardo Cozarinsky, Rodrigo Fresán y Edgardo Rodríguez Juliá: una nómina que apabulla.
Está, tal vez, pendiente de definir su lugar en el canon, pero la crónica periodística actual no deja dudas de su exigencia literaria. Otra cosa es el encorsetamiento de la crítica académica, empeñada en su deriva mastodóntica cuando la realidad hace años que entró en una era de cambio y adaptación a ritmo de vértigo. En ese sentido, la conocida definición que Villoro da de la crónica subsume a la perfección las prendas que justifican su lugar en el canon: si el ensayo es un centauro, la crónica es un ornitorrinco construido con la capacidad narrativa de la novela, los datos del reportaje, el sentido dramático del cuento, la argumentación del ensayo y la primera persona de la autobiografía. 
Mejor que ficción desde ya en librerías. El sello Carrión lo avala.
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