NO DEJES QUE MUERA, de Rita Gardellini

 

Alfonso González Jerez
 
 Las primeras novelas son siempre, inevitablemente, novelas de aprendizaje, y lo son en un doble sentido: el aprendizaje del escritor se proyecta en el aprendizaje de sus criaturas. El escritor está aprendiendo a soñar y a lograr que otros compartan su sueño literario: esa luminosa vigilia que nos ayuda a entender y a expresar mejor nuestros miedos, anhelos, certidumbres y desatinos. Y sus criaturas, sus entes de ficción, están aprendiendo a vivir en las palabras. Y sin embargo, a pesar de ser su primera novela, No dejes que muera es un relato de una inusual multiplicidad de planos y contrapuntos, de perspectivas y ejes de relaciones. Una novela que huye de cualquier unidimensionalidad y que, pese a todo, muestra una notable coherencia narrativa, pues incide una y otra vez en las mismas obsesiones: la soledad, la incomunicación, la tentación y el miedo hacia el otro, la tramposa veleidad de las palabras y su imperiosa necesidad y, sobre todo, el amor. El amor como fantasma y como realidad, como excusa y como meta, como mentira reiterada y como única verdad capaz de salvar una vida, cualquier vida. No es un amor abstracto, por supuesto, sino el amor concreto y el desamor sangrante. Leyendo a Gardellini, uno recuerda la lúcida y un poco sorprendente (viniendo de donde viene, Argentina) sentencia de Miguel de Unamuno: “Gracias al amor sabemos de lo que de carne tiene el espíritu”.
En la novela de Gardellini, el amor surca todas las historias que la escritora argentina ha construido como teselas de un mosaico en el que pasado y presente, literatura y vida, narrativa y meta narrativa se integran en una única voz. Como en los mejores boleros (y “No dejes que muera” podría ser perfectamente el título de un bolero) esta obsesión amorosa, a veces furiosamente carnal, a está a veces a un paso del ridículo, pero nunca avanza más allá. Un brillante crítico y ensayista británico, Robert Scholes, ha afirmado que el arquetipo de toda ficción literaria es el acto sexual. Para Scholes es la novela, más específicamente, el género que eleva esta estructura universal a su máxima expresión. Como en el acto sexual, el acto de ficción es una relación recíproca. Hacen falta dos. Desde luego, un escritor o una escritora pueden escribir exclusivamente para su propia diversión, y alguien puede leer por la misma razón, pero esos son actos con todas las limitaciones que implica la autosatisfacción narcisista.

El significado del acto de ficción mismo puede ser algo parecido al amor. Para el escritor se trata de apoderarse de una experiencia. Para el lector no se trata únicamente de obtener su placer, sino de que se esfuerza en unirse al escritor, en compartir su punto de vista y el de sus personajes, en adaptarse plenamente a la sensibilidad y a la inteligencia que ha inspirado una determinada obra narrativa.  En este sentido, No dejes que muera es una novela que exige al lector una actitud de entrega incondicional para, por encima de los errores, desajustes y excesos de toda novela primeriza, compartir la pasión por la pasión y el amor como único camino para trazar un pacto de no agresión con la menesterosa realidad cotidiana, a veces demasiado ancha y demasiado ajena.

Ésta es una novela de amor, por lo tanto, pero en cierto modo, igualmente es una novela de guerra. La guerra abierta es la alineación de los hombres y mujeres encerrados en los juguetes de sus miedos, sus soberbias y sus mentiras. Muchas de las páginas de la novela son ásperas, desagradables, dolorosas y, en ocasiones, extrañamente vacías, sugerentemente vacías. Incluso cuando la escritora protagonista se sumerge en sí misma, no tarda en encontrar, quizás alimentada por su propia e impertinente inteligencia, un vacío angustiosos que sólo puede rellenar con otras voces o con su propia voz buscando la compañía exaltante de un doble. El mundo es una peligrosa selva de signo y gestos que no parece tener otra gramática que la dictada por las crueldades de lo casual. Sólo el amor parece capaz de ordenarlos todo satisfactoriamente por un instante, antes, por supuesto, de destruirlo brutalmente y para siempre. Entre las dos catástrofes, el vacío y el amor, la escritora apuesta decididamente por lo segundo: un apocalipsis que ayuda a vivir. Pero no lo hace sin utilizar, de vez en cuando, una ironía más defensiva que desengañada, más cómplice que destructiva.
En última instancia hay otro sentimiento amoroso detectable y disfrutable en la novela de Rita Gardellini: el amor a la palabra. No es casual que la escritora que protagoniza el relato –y que en parte lo escribe- sea precisamente una escritora. Gardellini demuestra una relación casi sensual por la palabra, un disfrute casi epidérmico por acumularlas y conducirlas a la hoguera o ser conducida por ellas hasta la próxima sorpresa argumental. Antes de escuchar las palabras, Gardellini parece haberlas observado en el aire y comprobado su caída en el significado. Este placer por la palabra, y hasta en la palabrería, nos garantiza que “No dejes que muera” es una primera novela, pero que con absoluta seguridad no será la última, porque el amor y sus demonios es un hontanar venenoso del que beber toda la vida y en el que empapar una biblioteca. Muchas gracias a Rita por esta asombrosa primera novela y sólo queda decirle que esperamos la siguiente.
 
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