Cama redonda

José Melero Martín

Llevaba casi una hora leyendo en la cama cuando me invadió una deliciosa somnolencia que me dispuse a incrementar acometiendo un par de páginas más. Al poco, las filas de letras se desdoblaban y confundían y cuando resultaron del todo incomprensibles cerré el libro, lo deposité sobre la mesita de noche y, echando una última mirada al despertador, apagué la luz. Me arrebujé sobre el costado izquierdo adoptando mi postura favorita y me dispuse a internarme en ese territorio de penumbras que linda con el sueño. Imaginé mis ondas alfa enlenteciéndose mientras una serie de imágenes cada vez más inconexas se deslizaban sobre ellas como los carricoches de una montaña rusa. No sé cuanto tiempo estuve dormido, pero sí que la sacudida producida por alguien que se introducía en la cama me sacó de aquel estado. En cuanto se hubo acomodado comenzó a cuchichear algo en tono de pregunta. Intenté hacer como que no le oía mientras él persistía en sus interrogaciones. Estaba muy interesado en saber qué haría mañana al llegar al trabajo, a lo que harto y viendo que no me dejaría en paz, le contesté con malos modos que los balances sin duda serían lo primero. Pero acuérdate de la auditoría. El próximo miércoles tenemos la auditoría y lo de los balances a fin de cuentas puede esperar, argumentó. Me paré un momento a reflexionar y me di cuenta de que tenía razón. La auditoría era lo más apremiante. Tenía que preparar los informes trimestrales, para lo cual necesitaría hablar con el interventor. Dios, si no me daba prisa se me echaría el tiempo encima. Mañana en cuanto llegues tienes que ponerte con ello, sentenció. Menos mal que me lo has recordado, le agradecí, y ahora si no te importa me gustaría dormir un poco porque sino mañana estaré demasiado cansado para hacer nada. Obedeció y se quedó quieto murmurando entre dientes mientras yo intentaba recobrar el estado de somnolencia. La auditoría, le oí decir de nuevo. ¡Ya está bien!, zanjé concentrándome en mi respiración. 


Sin embargo antes de tener tiempo de relajarme, las sábanas se abrieron y a mi otro lado se acurrucó, la reconocí en seguida, la vecina del segundo, una opositora que se pasaba los días estudiando encerrada en su piso. La verdad es que apenas habíamos cruzado unas palabras en el ascensor, pero yo había aprovechado para inspeccionarla de arriba a abajo. Debía rondar los treinta y tenía uno de esos cuerpos estilizados y curvilíneos que se enganchan en la imaginación. A veces, a través de la ventana de su estudio que daba al patio de vecinos, la veía sentada ante su mesa de estudio sumida en sus papeles. Apenas se movía y, a la espera de algo interesante, me entretenía en escudriñar su ropa tendida que colgaba provocativa del tendedero instalado en el exterior de la ventana. Me fascinaban las formas y el colorido de su ropa interior y cuando me la cruzaba en el portal intentaba adivinar por su vestuario qué llevaría puesto debajo. Ahora la tenía a mi lado ocupada en introducirme la lengua en la oreja. Sin poder resistirme me giré, arrebatado, y despojándola de su escueto y vaporoso camisón dediqué un rato a mordisquearla de arriba a abajo. Una repentina erección nos llenó a ambos de satisfacción. Se trataba de una auténtica viciosa, tal y como imaginaba. No obstante, en el mejor momento, el idiota de la oficina vuelve a insistir con lo de la auditoría. Ya, ya lo sé, dije de mala gana para que me dejase continuar con lo que estaba, pero él no desistía, “la auditoría”. En cuanto lo repitió cuatro veces la erección se desvaneció y la vecina quedó abrazada a mi costado, desnuda y suplicándome que continuara. Tengo que dormir, les dije a los dos poniéndome serio, lo cual resultó inútil porque al momento y gateando desde los pies de la cama alguien avanzó hacia mí. Levanté la cabeza y vi a mi madre. No había podido ir a verla y ahora venía a reprocharme mi desapego. Se sentó como un indio en medio del colchón pregonando que no la quería, que siempre estaba demasiado ocupado y que obras son amores y no buenas razones. Este fin de semana sin falta mamá, le aseguré quitándome de encima a la vecina que continuaba con sus manipulaciones. Mal hijo, acusó sin creerme, la auditoría, aprovechó para decir el otro, la vecina no dijo nada ocupada como estaba en mordisquearme los pezones. Dormir, tengo que dormir, gimoteé. El reloj de la mesita, a pesar de ser electrónico, de repente hacía tic-tac. Tic-tac, tic-tac. ¡Silencio!, grité. Todos se callaron y yo, volviendo a mi postura preferida, me concentré en la respiración. Inspirar, espirar, inspirar, espirar, dentro, fuera, dentro, fuera. Tump, tump, sentí los latidos de mi corazón en el oído izquierdo. Tic, tac, sonó el reloj. Mal hijo, egoísta, refunfuñó mi madre. El próximo fin de semana, repetí fatigado. Inspirar, espirar, inspirar, espirar. 
De pronto unos acordes de guitarra se impusieron en la oscuridad de la habitación. Me sonaba la melodía aunque no estuve seguro de cuál era hasta que alguien comenzó a cantar. Noté que la cama se hundía por el lado de la vecina, y el propietario de la voz, ahora instalado dos puestos más allá, entonó las primeras estrofas. “Era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio. Tenía el hombre un poco de mal genio y ella se quejaba…” -“Un ramito de violetas”, recordé satisfecho-, “…cartas llenas de poesía que le han devuelto, la alegría”. El cantante, con la voz de Manzanita, prosiguió con su copla mientras los demás le escuchábamos embelesados, “…na naino, na naino, nanaino naino naino”, entoné casi sin darme cuenta. Tic-tac, oí en una de las pausas. Nada, pensé de nuevo, que no me dejarán pegar ojo. Me puse bocabajo y metí la cabeza bajo la almohada. “¿Quién te escribía versos, dime niña quién era? ¿Quién te mandaba flores por primaveeera?” A la voz emocionada del cantante se unió la mi madre que seguía sentada a mis pies y que así al menos dejaba de regañarme. Alguien en alguna ocasión me había dicho que si uno podía centrarse tan solo en imaginar un punto rojo, conseguiría dormirse, así que me propuse dejar en negro la mente ignorando al tipo de la oficina, a la vecina, y a mi madre y Manzanita que seguían cantando juntos a pesar de que sabían que detestaba aquel estilo musical. Un lunar rojo se materializó en el centro de las tinieblas, la música cesó y por un momento tuve la certeza de que si conseguía permanecer así unos minutos más, el grupo que estaba instalado a mi alrededor terminaría por aburrirse y dejarme dormir. No obstante, antes de lograr mi objetivo, una nueva voz surgió de la oscuridad a mi derecha. Lo estás logrando, sigue, dijo alentándome. Calla, le respondí preocupado por el punto que por un momento se había empequeñecido. El círculo creció de nuevo y ocupó el centro de mi atención. ¡Muy bien!, qué capacidad de abstracción, alabó el otro. Es verdad, reconocí, parece que funciona. “Cada nueve de noviembre, como siempre sin tarjeta, sí, le mandaba un ramiitoo dee violetas, sí”, sonó de improviso. Nanaino, nanaino, nanaino naino naino”, coreamos con entusiasmo. Del punto no quedó ni rastro. 
Desesperado, me tumbé boca arriba y me rasqué las piernas que me picaban intensamente desde hacía un rato. La conversación se avivó de nuevo y yo no encontraba fuerzas para detenerla. Mañana entonces lo primero es hablar con Sánchez y pedirle los informes, aprovechó para decir el oficinista. Eso está claro, convine. Espero que los tenga listos porque la verdad es que el hombre es un poco lento. Acuérdate del semestre pasado. Cierto, le di la razón, hasta el día antes de Navidad no los tuvo preparados. ¿Qué pasa con el punto?, oí una voz débil un poco más allá. No lo sé, corté con sequedad. Mi madre carraspeó un par de veces para hacerse notar. La miré y reconocí otra vez que no la visitaba lo suficiente aunque me defendí argumentando que tenía demasiado trabajo. Tu hermano también y viene a verme todas las semanas. Es verdad, de este sábado no pasa, lo juro. La vecina, se ve que aburrida, pasó rodando por encima de mí y se instaló al lado del oficinista. Unos bisbiseos y risitas ahogadas me confirmaron que había algo entre ellos. “Era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio”, entonó de nuevo Manzanita desde el principio. Le seguí estrofa por estrofa hasta que terminó la canción y me pregunté cuándo me la había aprendido. Odiaba el flamenco fusión. Recupera la concentración, me animó el tipo del extremo. ¿Ya se te ha olvidado el punto rojo? No, no se me ha olvidado, le repliqué, me pongo a ello en un momento. Pues vaya voluntad, concluyó. Tic-tac, tic-tac, sonó el despertador. Ahora me picaba la espalda pero era demasiado difícil rascarse y decidí ignorarla ya que no quería desvelarme demasiado. Todos hablaban al mismo tiempo. Manzanita, inmisericorde, comenzó otra vez la canción desde el principio. Harto, me volví hacia la vecina y se la arrebaté de entre los brazos al oficinista que protestó advirtiéndome algo a lo que no presté atención. Si no iba dormir, al menos pasaría un buen rato. Le acaricié la espalda y las nalgas y ella me pasó el brazo alrededor del cuello mientras me describía con detalle qué me haría a continuación. Nos abrazamos besándonos ante la mirada muda del resto de la concurrencia que con esta nueva estrategia por fin pareció derrotada. Poco a poco noté como iban abandonando la cama y nos dejaban solos. El reloj tictaqueaba con furia, pero me dio igual. Sin embargo no pasó ni un minuto antes de que Charo, mi novia, se uniera a nosotros. A pesar de lo celosa que era no se molestó por la presencia de la otra. Por un momento fantaseé con la posibilidad de que se pondrían de acuerdo para un trío, pero su intención no era esa. Este fin de semana quedamos en que vendrías a comer a casa de mis padres, me recordó. Lo había olvidado y además me había comprometido en visitar a mamá. A Charo era imposible decirle que no, así que al final tendría que aplazar de nuevo lo de mi madre, cuya imagen dramáticamente anciana y enferma se materializó un instante al fondo de la habitación. Sus labios se movieron sin emitir ningún sonido y en ellos pude leer, “mal hijo”, antes de que volviera a desvanecerse y nos dejara a los tres callados y confundidos en la negrura del dormitorio. El camión de la basura, en la calle, se detuvo y dedicó unos minutos a deglutir ruidosamente un par de contenedores antes de volverse a poner en marcha y perderse en la noche. Así no hay quien duerma, pensé agotado mientras el reloj proyectaba en verdosas cifras fosforescentes la hora en el techo.
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