El arte de cagar parado

Fernando Morote

 
Camino mareado, como borracho. Siento el cuerpo cortado. Pero no estornudo. No tengo congestión nasal ni enfriamiento en el pecho, aunque sí un molesto dolor de cabeza y una creciente pesadez. No se trata de un resfrío sino más bien de un nuevo y severo caso de estreñimiento intestinal. Una nube de caca empaña mi horizonte. No me deja pensar. Tenía planeado ir al club, jugar un poco de frontón, tomar sol y bañarme en la piscina. En lugar de eso debo quedarme en cama, postrado, débil, sin ganas de nada, casi exánime, ingiriendo medicinas a granel, haciendo dieta y guardando reposo.
Mi forma de comer arruina siempre la fiesta. Si hago un inventario de mi vida defecante, puedo ver claramente que mis mejores y más espectaculares performances han sido protagonizadas en casas ajenas.

La de mi suegra, para empezar. Fui a pedir la mano de quien es hoy mi esposa y me la pasé encerrado en el baño con diarrea de nervios. Terminé atorando el wáter. Después de mí el único que se atrevió a entrar fue el gasfitero.
Defecar en casa ajena, en las proporciones que suelo hacerlo, es el atentado más grande y cruel contra la intimidad personal.
Mi precario y avinagrado estado de ánimo se agravó en otra ocasión a causa de una infección estomacal que me tenía haciendo caca sin parar desde el día anterior. Iba, además, retrasado para llegar al trabajo. El ómnibus se demoraba una eternidad. La presión en mis vísceras resultaba ya prácticamente insoportable. Por más que ajustaba las nalgas, tratando de cortarle la cola al dragón, sentía que un huayco caliente y marrón empezaba a desbordarse dentro de mis pantalones. “¡Bajan!”, grité desesperado al conductor. La gente alrededor se asustó. Nadie podía imaginar mi drama interno. En plena Plaza Grau, a las 7 y media de la mañana, sólo un ingenuo hubiera pretendido encontrar un taxi que no estuviera abotagado de pasajeros, apurados por llegar a sus empleos. Estaba a punto de rendirme, inventando ya una historia que pudiera justificar mi incontinencia en la vía pública para cuando arribaran las autoridades. “¡Papel!”, clamé esta vez, con la mano estirada, pero en un acto inconsciente, porque en realidad estaba tratando de detener un vehículo de alquiler. Un chofer determinado a hacer su obra de caridad del día me llevó volando a la oficina. Sentado en el trono me vinieron a la mente reflexiones trascendentes. Cuando terminé miré al fondo del wáter. Mi abundante deposición había formado graciosamente una figura con el mapa del Perú. Jalé la cadena.
No me fue mejor aquella mañana que sentía la cabeza a punto de estallar. Llevaba casi una semana sin poder ir al baño. Un fecaloma impresionante se había formado en mi duodeno. Ya ni siquiera podía pensar a causa del embotamiento. No distinguía las diferencias. Cuando llegó mi hermana con su esposo de visita a la casa, a ella le di la mano y a él lo saludé con un beso en la mejilla. Mi abuela acudió a auxiliarme. Me desnudó y echó boca abajo sobre la cama. “No te muevas”, dijo. Y me conectó un enema de agua fría que me hizo zapatear. No dio resultado. Era una piedra de caca lo que cargaba en mi interior. Entonces hizo la prueba con agua tibia. Parecía que iba a funcionar. Sentí que mi estómago se movía. Pero minutos después todo regresó a su estado anterior. La materia fecal se manifestaba dura como un bloque de cemento. No quedó más remedio que partir de emergencia al hospital. Otra vez a desvestirse. Junto a la camilla había un wáter. Pelado, sin cuarto de baño, exento por completo de resguardo y respeto al pudor. Luego entendí por qué. El enema que me inoculó el médico esta vez fue de bario, un químico blanco y espeso que irrigó mis entrañas y demolió el fecaloma de manera brutal. No hice más que bajarme de la camilla y sentarme sobre el wáter. Si hubiera estado más lejos habría esparcido excremento por toda la habitación. No sé cuál puede ser la relación exacta, pero al terminar de defecar sentí que se me despejaba la mente y se aclaraban mis ideas. “Sin duda la mierda es un elemento prodigioso”, pensé: “permite que nos limpiemos el culo”.
El ajetreo urbano de oficinistas, ambulantes y cargadores de bultos estaba salpicado de barro y suciedad ese lunes a mediodía en el jirón Paruro. Sol abrasador en plena hora punta. Los camiones de la basura no estaban en huelga, pero quizás de vacaciones. Yo caminaba despreocupado hacia alguna parte cuando me topé con una escena que me hizo tomar conciencia de mi propia miseria. ¿Qué edad tendría aquel caballero? ¿Setenta, quizás? Ochenta, tal vez. ¿En verdad estaba haciendo eso? “¡No te pases!”, rumié con indignación. El senil personaje estaba sosteniendo con ambas manos una pared de adobe. Parecía que hubiera descubierto una fisura importante y trataba de impedir que se desmoronara. Miraba de reojo a ambos lados, como pidiendo ayuda. Daba la sensación de estar sometiéndose voluntariamente a una implacable pesquisa policial. Pero no se veía un solo oficial cerca. Con los ojos de un pajarillo que se sabe a punto de ser fulminado por un perdigón, volteó para mirar atrás por encima de su hombro. Con manos temblorosas, se soltó la correa y abrió las piernas. Empezó a bajarse los pantalones. Se aflojó el calzoncillo hasta dejarlo caer sobre sus tobillos. A lo mejor sospechaba que la indiferencia de los peatones podía protegerlo de la burla, el escarnio y el castigo. Quedé paralizado de horror. De haber hecho más calor pudieron haber entrado 60 moscas en mi boca abierta. Un hilo de churreta comenzó a gotear de su culo flaco y arrugado. ¡Qué personalidad, por la puta madre! El viejo se cagó literalmente en el mundo. Eso no fue contra la ley. Fue contra la pared.
No me quedó entonces ya ninguna duda de que hasta las actividades cotidianas más prosaicas requieren cierto arte para ser desarrolladas. Digamos, tirarse un pedo, por ejemplo. Pero en público y permaneciendo anónimo. Hace falta oprimir el ano y ajustar las nalgas de un modo especialmente particular para que el viento sea expedido silenciosamente, sin causar ruido ni divulgar el origen o al autor. Como en aquel bus que me llevaba a los Registros Públicos. El destartalado vehículo estaba vacío, aunque todos los asientos venían ocupados (vacío, en el transporte público peruano, significa no hacinado). Siguiendo mi tendencia al aislamiento y las indicaciones del cobrador, avancé al fondo y me instalé de pie en la última fila de asientos. Me sujeté del pasamanos superior y traté de mantener en equilibrio mi portafolio. Viajaba con un pedo atravesado desde hacía rato. Quizás un efecto retardado de la comida de la noche anterior. Los baches y el bamboleo terminaron por sublevar mi estómago. Concluí entonces que seguir conteniendo el gas en el interior de mi cuerpo era un atentado contra mi propia salud. Aproveché los saltos del autobús y la presencia amenazante de un rompe-muelle para dejarlo salir despacito. El ruido de la carrocería atenuó, disimuló, escondió el sonido de la expulsión. Resultó absolutamente discreto. Pero el olor pronto empezó a jugar en mi contra. La chica que venía sentada al lado de donde yo estaba parado hizo un gesto desagradable, como si se hubiera sentido ofendida, agredida de mala manera. Se tapó la boca de manera urgente para expresar claramente que estaba reprimiendo una náusea repentina. Con una mano empezó a agitar vivamente el aire, a fin de crear algo de ventilación que la rescatara de esa pestilencia sofocante. Me miró con tanto odio que creí reconocer en el fundillo de mi pantalón un humo delator. Al otro lado del pasillo, a mis espaldas, un hombre que venía dormido, cabeceándose contra el pasamanos del asiento delantero, despertó abruptamente. De un brinco se levantó y corrió a abrir la ventanilla más cercana, sin importarle el frío invernal de esa mañana. Entre dientes, mientras me insultaba con la mirada, hizo un comentario alusivo a mi madre.
Debido a ello -mi impericia en el arte de cagar parado-, hace una buena temporada que no tomo desayuno (por falta de tiempo) y no almuerzo (por falta de dinero). En todo caso, es una buena combinación para mantener la figura en forma y dejar de sentirme por tal motivo oprimido, comprimido, exprimido, reprimido, deprimido, constreñido.

FERNANDO MOROTE, nació en Piura, Perú en 1962. Se graduó como abogado en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Federico Villarreal y siguió estudios de literatura en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Participó en el taller de creación literaria del Museo de Arte de Lima. A principios de la década de los 90 colaboró ocasionalmente en las revistas “Sí”, “Monos y Monadas” y el diario “El Comercio”. En 1994 publicó un libro de poemas titulado “Poesía Metal-Mecánica” y en 2009 la novela “Los quehaceres de un zángano”. Actualmente vive en New York con su esposa y dos hijos, y está escribiendo su segunda novela.

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