FOBIAS ÍNTIMAS: Los espectros están ahí

por Manuel Villa-Mabela

Soy un tipo racional, nada especulativo. Siempre me levanto a las ocho de la mañana, ni antes ni después; almuerzo y ceno a la misma hora desde que tengo uso de razón; tengo nómina fija para evitar sobresaltos y saludo todos los días a la misma gente sin aceptar extras en mi tajante cortesía. Tengo controlada mi existencia, soy cabal y nada amigo de chascarrillos banales que desvíen la filosofía de mi recta conducta, pero…. Una noche, una aciaga noche, mis vecinos me despertaron mediante un alboroto compuesto de gritos desaforados y letanías angustiosas. Doña Paquita, la viuda del ático estaba fuera de sí, descompuesta, vociferando que su difunto marido la acababa de visitar. Su alucinación se hizo colectiva y a los pocos minutos otros vecinos se sumaron a la ristra ignorante de las visiones de difuntos. La situación me turbó, no por la creencia en semejantes majaderías, sino porque violaron mis costumbres, mis tradiciones cotidianas. Me costó mucho, tal vez demasiado retomar el hilo de mi vida.

¿Dónde está el fantasma de Verdi?


No sé cuándo me desperté por la mañana ni qué ni cuándo desayuné. Todo era un despropósito. El día se fue apagando en medio de mi abatimiento e incapacidad por cumplir todo lo que tenía previsto para esa jornada. Me daba la sensación de estar ausente del mundo. Lo mejor sería parchear ese infausto día y retomar las riendas de mi vida con la mañana siguiente. Volví a mi casa. La escalera estaba hondamente callada. Mi respiración era un auténtico rugido en medio del profundo silencio. Notaba frío, la escalera estaba helada. Cuando me decidí por tomar el ascensor se apagaron las luces de la escalera. Intenté una y otra vez devolver la luz a mí alrededor pero no lo conseguí. Fuera, en la calle, podía ver las farolas encendidas, así como alguna de las ventanas del edificio de enfrente. Subí las escaleras con cuidado, poco a poco, sintiendo cierto desasosiego interior que me hizo volver la mirada atrás en más de una ocasión. Me parecía ya una eternidad cuando tan sólo alcancé el rellano del primer piso. Llegar a la segunda planta fue una odisea. No tenía fuerzas, me sentía incapaz de seguir, intuía un extraño peligro que me acechaba, que me estaba señalando. Barajé salir corriendo escaleras abajo y protegerme en cualquier cafetería o seguir mi peregrinaje por la escalera hasta llegar a mi casa o enfrentarme con mi destino. La razón me arrastró hasta la tercera planta. Deslumbré un atisbo de luz bajo la puerta y me eché sobre ella llamando una y otra vez, pero no tuve respuesta. Las migajas lumínicas ya no se asomaban. Sólo me restaba un tramo, el más difícil, el definitivo. Eché mano de mi sobriedad lógica y aparté de un manotazo todos los delirios que asaltaban mi mente. Cuando ya podía oler el perfume de mi hogar saliéndome a recibir quedé paralizado dado que en la cima de las escaleras una vela encendida me cortaba el camino. No sé por qué avancé unos pasos más, no lo sé, pero mi mano, al ascender por el pasamanos de la escalera se topó con otra mano, una mano fría como el hielo, una mano que no era de este mundo, tal vez, la mano espectral del viudo de Doña Paquita.
Cuando abrí los ojos me encontraba echado sobre mi cama. Todos mis vecinos estaban de pie a mi alrededor, estudiando al cobaya carnal que había experimentado un encuentro con los muertos. No me engañaban, no creí al presidente de la comunidad cuando me aseguró que era él quien sostenía la vela cuando me desvanecí. Me dijo que había acudido a la casa de Doña Paquita para aliviarla de su estado nervioso porque nuestra escalera había sufrido un problema eléctrico y, claro, la oscuridad no es buena amiga de las angustias de nuestra vecina. Mentira, todo es mentira, los espectros existen, sólo están esperando una invitación para visitarnos.

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