ANÁLISIS: La patria hernandiana

por Pedro A. Curto

En un ocasión Kafka dibujó sobre un mapa de Praga un círculo que abarcaba una serie de calles donde afirmaba se reducía toda su vida. El poeta Miguel Hernández podría haber trazado un círculo similar sobre su pueblo de Orihuela y abarcar en unos cientos de metros, la casa donde vivió, el colegio de Santa Domingo donde estudió, la casa de su amigo Ramón Sijé, la panadería la Tahona donde se estableció una tertulia de jóvenes con inquietudes artísticas, y el seminario convertido en improvisada prisión tras la guerra civil, en la que ingresaría como inicio de un periplo penitenciario que le llevaría a la muerte. Pero al contrario que el escritor checo el cual sólo al final de su vida abandonaría su ciudad, Miguel tuvo pronto necesidad de partir de aquel lugar al que sin embargo tan enraizado estaba.

Quizás fuese porque la patria última y profunda de un poeta son sus versos, y el sonido de estos chocaban contra la montaña rocosa situada detrás de su casa en la calle de Arriba, convertida en la frontera visual que impedía a un muchacho campesino ser poeta, que su obra se escuchase más allá de los límites de la Oleza mironiana. Porque muy pronto, es posible desde que conociese el poder y la magia de las palabras, Miguel Hernández escuchó la música de ese oído interno, lo que él decía la vida le había marcado ser poeta. Así comentaba en 1937: “La poesía es en mí una necesidad y escribo porque no encuentro remedio para no escribir. La sentí, como sentí mi condición de hombre, y como hombre la conllevo, procurando a cada paso dignificarme a través de sus martillazos”. Y con un fardo de versos como equipaje marchó un día hacia Madrid, encontrándose con lo que suele toparse la mayoría de escritores, que las palabras de esa música interna sólo alcanzaban sus oídos y pocos más, que el ruido de la ciudad ahogaba aquel rumor en la indiferencia, cuando no el desprecio. La decepción que la urbe le produjo le llevó a escribir uno de sus más curiosos(aunque no mejores)poemas, “El silbo de la afirmación en la aldea”, en el cual llega a afirmar: “Yo me vi bajo y blando en las aceras/ de una ciudad espléndida de arañas.” Algo que no es de extrañar pues fue en el asfalto donde conoció la miseria y el hambre, llegando a estar en la intemperie de sus calles, cosa que nunca le ocurrió en su pueblo.

Si Miguel Hernández pudiese ver la Orihuela actual quizá la situase más cerca de esa ciudad que maldecía, que de la aldea añorada. Aunque la aldea del poeta no era la que se podía ver, la que todos veían, sino otra, un espacio íntimo y particular, donde decía: “Haciendo el hortelano,/ huyen este solaz de regadío/ de mi huerto me quedo”. Pero no se quedó porque necesitaba volar, hacer crecer una obra limitada por las fronteras que se le ponían, superándose a sí mismo, arrancando con un inaudito esfuerzo personal, de los estrechos márgenes de la Orihuela conservadora llena de iglesias y conventos. Por eso necesitaba de aquella ciudad que maldecía. La tierra del poeta se fabrica en un territorio abstracto e imaginario aunque pueda partir del real, es una fotografía que adquiere una nueva dimensión luego de pasar por los ojos del artista. Es algo que me ocurrió con la geografía árida de Castilla, con sus paisajes secos y amarillentos, al cual conociendo desde muy pronto, luego de leer los versos de Don Antonio Machado, adquirieron una nueva dimensión. Es la capacidad de algunos autores, que consiguen crear con su visión una introspección microscópica, una especie de rayos x que a través de sus palabras, somos capaces de sacar un lugar, un espacio físico, de su normalidad.

Por eso pasear por la calle de Arriba orioliana(ahora rebautizada como calle Miguel Hernández) al lado de la montaña, de sus casas bajas, escuchando el sonido de los animales, uno recuerda sus versos: “Alto soy de mirar a las palmeras,/ rudo de convivir con las montañas.” Porque Orihuela se ha urbanizado pero como un regalo a su poeta, aquel rincón ha permanecido con un cierto espíritu rural, con esa tranquilidad donde el tiempo parece detenerse y reposar en la eternidad. Y en esa eternidad, en ese infinito, ya están sus versos, su obra, cada vez adquiriendo nuevas dimensiones, enfrentándose  también a nuevos peligros. Porque aunque la obra haya adquirido un reconocimiento que él difícilmente se hubiera podido imaginar en sus comienzos, en sus decepciones madrileñas o en los oscuros tiempos carcelarios, un reconocimiento positivo porque su obra se extiende, existen sombras. Creo que los versos casan mal con las estatuas, los enfrían, les arrancan su fuerza, los convierten en letra vacía. Por eso quizás es necesario acercarse al Miguel Hernández imperfecto y fieramente humano, al del amor doliente y el cuerpo como reclamo vivo, a la mujer que buscó y le deslumbró como el rayo. Ahí estaban ya el acero del cuchillo blandiendo, la muerte y la sangre compartiendo espacio con la luz y claridad de Levante. Y el Miguel Hernández que abandonó los templos para luchar en la trinchera, porque sin ser un gran teórico, sabía de sobra donde se encontraba el sentido progresivo de la historia, aunque esa militancia le llevase a habitar entre las sombras y plantearse las dudas: “¿Para qué quiero luz/ si tropiezo con tinieblas?” Y es que en su período carcelario el poeta logra perfeccionar lo que es una característica de la obra hernandiana: la dualidad que se establece, un autentico combate, entre el hombre derrotado, abatido por las contrariedades de la vida y el empuje para buscar la luz, la esperanza, en un mundo de tinieblas. Lo cual consigue hacer con tanta sencillez como profundidad, siendo capaz de agujerear en la complejidad del dolor y en el combate humano por superar las condiciones más adversas. Consiguiendo además una comunión con quien es capaz de llegar a sus versos. Aunque a veces una cierta popularidad de la obra hernandiana le ha perjudicado porque ha tendido a trocearla, a no verla en su conjunto, que compone una cosmovisión global que le ha permitido traspasar los tiempos e incluso tener actualidad por poseer tantos compones líricos como épicos(a pesar de lo que se cree más de lo primero que de lo segundo)una poesía íntima, filosófica, culta, comprometida, popular, una síntesis que la hace actual cuando su creador cumple cien años.

“¿Quién yace en la tumba de un poeta?”, se pregunta el escritor holandés Cees Noteboom. Y esto resulta extraño cuando uno se acerca a un autor que tuvo la muerte como parte de su geografía vital y la de su obra, la cual está salpicada de elegías funerarias. La tumba de Miguel Hernández se encuentra en el cementerio de Alicante, el círculo se amplia, pero no mucho, sólo sesenta kilómetros de su pueblo. Es su segunda morada mortuoria después de viajar desde la cárcel alicantina(eufemísticamente llamada reformatorio de adultos) hasta el nicho 1009, donde estuvo durante décadas. Tuvo que esperar a la caída de la dictadura para ocupar una lápida en la tierra, que comparte con su mujer, Josefina Manresa y su hijo Manuel Ramón. Algo que creo a él le agradaría pues ambos formaban parte de su obra. En sus últimas poemas, donde alcanzó las mejores cumbres poéticas, Miguel buscaba la trascendencia a través del amor y del fruto de éste; era la esperanza de un místico derrotado que no aceptaba la derrota. “A lo lejos tú, más sola/ que la muerte, la una y yo./A lo lejos tú, sintiendo  /en tus brazos mi prisión:/ en tus brazos donde late/ la libertad de los dos./ Libre soy. Siénteme libre./ Sólo por amor.” Porque la obra hernandiana viajó con el misticismo a su lado, católico y naturalista primero, sexual y amoroso después, revolucionario más tarde, intimista y dolido en sus últimos versos, rebelde y humanista siempre. Por eso no es extraño que se haya instalado junto a su tumba una urna con una ranura donde se puede escribir imaginariamente al poeta, recordando sus versos: “Aunque bajo la tierra/ mi amante cuerpo esté/ escríbeme a la tierra/ que yo te escribiré”, pues como dice Cees Noteboom: “¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto? Porque aún nos dice algo, algo que sigue resonando en nuestros oídos, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado, que nos sabemos de memoria y de vez en cuando repetimos, en voz baja o en voz alta. Con alguien cuyas palabras siguen estando presentes para nosotros y mantenemos una relación del tipo que sea.” Y ante la tumba de Miguel Hernández, una tumba presidida por las palmeras que él contemplase, se construye, como puede ser en cualquier otro lugar, un espacio con sus versos, telúrico y contradictorio, repleto de fatales presagios y de grandes ansias, de la desilusión salida de la carne, de la luz buscada entre las sombras de una prisión. Porque la tumba del poeta es la no-tumba, ya que siempre quedarán sus versos, para librar a un cuerpo mortal de la muerte enamorada. “Llevadme al cementerio/ de los zapatos viejos”, proclamaba en uno de sus últimos versos desde una lúgubre prisión. Pues no, ese no es el lugar de tus versos, de tu obra, sino ese espacio cósmico habitado más allá de ciudades y aldeas, de trincheras y cárceles, que existe en alguna parte.

Patio de la casa de Miguel H./Foto: Pedro A. Curto
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