El tigre de Bengala

por Víctor Montoya

En un cuadro hindú, donde destacaban las frondas de los árboles, las aguas de una cascada y los colores de una explosión de flores y de aves, asomaba por el ángulo inferior izquierdo la cabeza de un tigre de Bengala, como si acechara a su presa agazapado en la maleza.
 Cuando le clavé la mirada en sus azulinos ojos, el animal comenzó a moverse enseñándome los colmillos. Su musculatura vibraba a cada paso y su cola hacía ondas en el aire, mientras las rayas negras en su pelaje de color naranja, que parecían serpientes venenosas alrededor de su cuerpo, se imponían en la naturaleza salvaje, provocándome una sensación de peligro y de belleza.
Después se alejó sigilosamente hacía el centro del cuadro, donde había una pequeña abertura por la cual se deslizó con agilidad felina. Lo extraño es que, ante mi atenta mirada, la pintura se vació por la misma abertura por donde desapareció el tigre. Al poco rato, del cuadro no quedó nada, salvo un lienzo en blanco y unos marcos de bambú atravesados de lado a lado.

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