Brevísimas memorias indecorosas de una dama

MONÓLOGO TEATRAL, por José Manuel Fernández Argüelles

(En el escenario se encuentra una señora de mediana edad y de “buen ver”. Elegantemente vestida y correctamente maquillada, resaltando una belleza que alguna vez tuvo y que aún no ha desaparecido del todo.  Sus gestos son distinguidos y mesurados. Su voz nunca es estridente ni vulgar, más bien seria y pausada, un poco afectada, aunque con un tono distendido e incluso alegre, sin caer en lo chabacano o vulgar.
El escenario, que comienza bien iluminado, está decorado por todas partes con motivos equinos).
* * *

¡Hola, buenas noches! Permitan que no me presente, pues, ya que voy a descubrir mis intimidades, prefiero el anonimato. No, no voy a desnudar mi cuerpo, no estoy en edad.
(Breve pausa)
Bueno, gracias a los que opinan lo contrario, aunque sea con tan poco entusiasmo. Su mutismo lo interpretaré como timidez. En fin,  lo que realmente voy a mostrar son las intimidades del recuerdo.
(Pausa breve)

¿Desilusionados la mayoría de los varones y alguna dama? Gracias, de nuevo. Se agradece, sinceramente, pero esta ocasión y este escenario no están dispuestos para mi exhibición corporal, sino para arrojar ante ustedes, con desenfado, algunos de mis recuerdos más pecaminosos.
(Ahora habla en voz baja, con  tono de voz confidencial).
Esos sucesos, más o menos lejanos, que nunca se comentan, los que se recogen dentro de una misma y se intentan olvidar, quizás para llevar una vida tranquila aunque aburrida.
(Vuelve al lenguaje distendido y dicharachero, no exento de cierta seriedad)
¡Olvidar! Bueno, me refiero a las demás, al resto de señoras, a las que son flojas de memoria, porque yo no, yo no olvido ni lo pretendo, y, dicho sea de paso, me encanta hacer público mi… “interior mental”, como se verá.
Pues bien, comenzaré ya mi relato, la desnudez de mi alma ante ustedes.
(Habla con picardía)
Para qué más prolegómenos, si la excitación previa a todo acto ya le hemos conseguido.
(Pausa breve)
¡Pues comencemos!
(Pausa larga. Se oscurece, ligeramente, el escenario y los tonos de la luz se vuelven rosados. A partir de aquí la actriz interpreta según las leves indicaciones dadas sobre el personaje, usando las pausas y tonos que considere adecuados al papel)

Recuerdo, con absoluta claridad, que fue mi madre quien me lo explicó una hermosa tarde de primavera hace… algunos años. Estábamos las dos en el establo de la campiña mirando los encabritados corceles, que ese día parecían especialmente inquietos. En aquel momento mi madre creyó conveniente explicar, a la inocente niña que era yo entonces, el acontecer que se desarrolla en la vida entre hombres y mujeres, y para ello no encontró mejor apoyatura que tomar de ejemplo a las nobles bestias que teníamos delante de nosotras. En efecto, el enorme semental del establo estaba en pleno cortejo de la yegua, que parecía rehuirlo, aunque no con mucho empeño. Así me explicó mi madre, aquel día, los mecanismos físicos del amor, mientras veíamos cómo el caballo lograba cubrir por fin a la yegua en un violento salto sobre las partes traseras de ella. Puedo asegurar que lo entendí todo perfectamente, y que no me quedó duda alguna de cómo y por dónde, aunque mi madre tuvo a bien explicarme que en los humanos las posturas para ese acto eran más variadas: la inteligencia humana y su preeminencia sobre los animales, y sobre los caballos en concreto, pensé.
Evidentemente, aquella conversación y la visión del poderoso semental montando a la quieta yegua, quedaron gravadas en mi mente con enorme intensidad. Todos los detalles fueron impresos con la fuerza que el sexo tiene en nosotros, y más si lo aprendemos a edades tan tempranas. De tal forma conocí no sólo el acto del amor en sí mismo, sino cómo son los órganos que a tal uso se destinan. Desde luego, el femenino me parecía sencillo y poco apreciable, pero el del caballo, ¡ese sí que era… digno de mención y recuerdo! Aprendí, y no se me olvidó nunca, cómo es el órgano masculino cuando está “tranquilo” y cuando está en “tensión” (así lo expresó mi madre), y este fue, desde aquel momento, mi mayor problema, pues si el estado “tranquilo” del miembro masculino ya me imponía cierto respeto, cuando el caballo lo extendió del todo, dándole su mayor “tensión” (según mi madre), entonces sí que daba respeto y provocaba admiración silenciosa, y temor también, pues yo, niña crédula, con la deficiente explicación materna, creí que aquel órgano sexual del caballo era la representación exacta del miembro de todos los machos del planeta, incluidos los que más directamente me afectaban: los hombres.
Durante muchos años, los de mi virginidad (que por esta causa que relato sí fueron muchos), me mantuve en un terrible desequilibrio mental debido a la confrontación entre el deseo y el miedo a ese enorme instrumento que yo imaginaba entre las piernas de los varones. Aceptaba que en estado de relax podía ser admisible, pero algo tan enorme como lo de aquel caballo no era posible que pudiera usarse para penetrar en la mujer. Claro que, dilucidaba en mi delirio, si otras lograban soportarlo por qué no iba a poder yo. De todas las mujeres del mundo no iba a ser la única que no conseguiría introducirse aquello. Pero este razonamiento, de una lógica aplastante, no me convencía. “Aquello” me seguía pareciendo muy grande para mí,  por tanto yo debería ser una mujer anormal, completamente distinta al resto de las féminas que poblaban el planeta desde el inicio de los tiempos.
Mi mente no dejaba de divagar sobre el asunto del maldito tamaño, y llegaba a las más desconcertantes conclusiones. Había leído que cuando el hombre tenía una erección (entraba en “tensión”, según mi madre), y se hallaba vestido, o sea, con los pantalones puestos, suponía eso una gran incomodidad para él. Esto sí que era un misterio, pues si ya me parecía que unos pantalones ajustados causarían una presión insufrible contra el miembro “tranquilo”, cuando ese órgano estuviese “tenso”, y recordando con perfecta claridad el del semental, entonces, pensaba, la presión del ajustado pantalón sería algo más que simplemente incómoda: ¡sería inverosímil y atentaría contra todas las leyes de la naturaleza que nos hablan de tamaños y capacidades! ¿Dónde carajo lo guardaban entonces?
Otra de las incógnitas que me torturaron por aquel tiempo fue la de las estatuas del clasicismo griego. Evidentemente, los desnudos de Apolo no representaban la imagen que yo tenía de los varones, así que llegué a la conclusión de que los artistas griegos tenían un gran sentido de la proporción y, no queriendo estropear la perfecta belleza de sus esculturas, dejaban el sexo masculino en un reducido símbolo de lo que era. Verdaderamente, imaginárselo de otra forma, con el “colgajo” en toda la extensión que yo le suponía, era atroz para las perfectas medidas del arte escultórico.
Claro que no acabaron ahí mis cuitas con el asunto, pues también hube de resolver el misterio de los bailarines con sus prietas mayas. En esto hube de aplicar la máxima holmesiana, que dice: cuando todas las deducciones lógicas sean rebatidas, la que quede, por inverosímil que resulte, será cierta. Por tanto, mi conclusión final para el enigma de los bailarines fue sencilla: ¡se la cortaban! Además, así pesaban menos para realizar sus saltos y cabriolas.
De todas formas, eran estas meditaciones de poca importancia, pues lo que de verdad me trastornaba era la relación entre tamaño y capacidad por lo que a mi cuerpo hacia referencia. Fue debido a este trauma que mi primer novio acabó por ser un enano, pues supuse que todo en el mundo guarda la justa proporción, y consideraba que para mi “deformidad”, sólo el tamaño de un hombre pequeño tendría cabida.
(Pausa breve)
…Pero la historia de mis novios es otra historia. Y, además, no les quiero aburrir…

(Se apagan las luces. Cae el telón)

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