ASESINATOS PROFILÁCTICOS VII: El asalto

por Víctor Montoya

Cinco encapuchados se metieron en la tienda. El joyero, impactado por el asalto, se quedó de piedra, a la vez que su mujer, como fulminada por una descarga eléctrica, cayó entre el mostrador y las vitrinas, los ojos en blanco y los dientes apretados.

Los asaltantes vestían de negro; eran altos, fornidos y de procedencia dudosa. Uno de ellos, que pegaba gritos y actuaba con alevosía, ordenó abrir la caja fuerte. El joyero, al ver que su mujer no presentaba señales de vida, se negó, se negó y se negó, hasta que alguien, a sangre fría y sin clemencia, le cosió a puñaladas.

Los asaltantes destrozaron las vidrieras, vaciaron las joyas en talegos y huyeron en desbandada, mientras el joyero agonizaba en el suelo, junto a su mujer, sin más testigo que un hilo de sangre que corría hacia la puerta, por donde cruzaba un polvillo de nieve arrastrado por el viento.

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