ASESINATOS PROFILÁCTICOS V: El caos asesino

 Por Santiago García Tirado

Desde el balcón de mi casa es difícil ver el cielo. Requiere un esfuerzo, contorsionándose desde la cintura y acercándose a una zona que lo coloca a uno a las puertas del abismo. Eso si mira hacia abajo, porque desde allí hacia arriba lo que se logra es una vista mágica del cielo, como desde dentro de una pompa de jabón. Allí decidí que podría acabar con L.Q., el señor Q. Mi jefe. Fundé mi trabajo en la teoría del caos, y así realicé un gesto arbitrario que debía originar una inextricable cadena de causas y efectos hasta traer una catástrofe sobre su cabeza. Mi gesto fue simple: coloqué las cenizas del cigarrillo en mi mano y soplé para que se fundieran con el aire.

El señor Q. era el jefe perfecto. Repartía entre sus allegados sonrisas, confianza, estímulo y esa sensación aquiescente de que tú eres importante. Te impregnas de su aura. Y eres libre. A los empleados de ínfimo nivel los trataba igual, pese a la distancia. Les pagaba bien y nunca les exigió nada que no estuviese dentro de lo que en buena lógica se les puede exigir a empleados sin cualificación. Yo tenía la obligación de acompañarlo también a convenciones, cuando fui testigo de cómo siempre era capaz de arrastrar los auditorios a su capricho. Lo vi hacerlo así incluso en situaciones turbulentas. Era un encantador de serpientes. Un hijo de los dioses. Le escuché decir, hace apenas unos días, entre sus allegados que su próximo reto era la política.

En un segundo junté ante mis ojos todos los mítines, los debates, las sonrisas televisadas, las visitas a hospitales, y las miríadas de palabras que crecían en un fractal sin límites visibles donde los discursos se repetían y a la vez engendraban nuevos discursos. Pero todos eran iguales. Vi de fondo un paisaje inabarcable de gentes emocionadas, y otras que se frotaban las manos, y muchas que volvían a tener fe. En general, en no se sabía qué.

Pero vi también en ese mismo segundo que al acabarse todo lo que quedaba era el panorama frío y sordo del día después.

Si alguna vez han conocido a alguien como el señor Q. comprenderán por qué lancé al viento las cenizas de mi cigarrillo.

Unos días más tarde de aquello subí a mi coche con Max, mi hermano mayor. Le dejé conducir. Me lo llevaba pidiendo mucho tiempo, aunque mi respuesta siempre había sido la misma. No. No mientras se estuviese medicando. Cualquier otra cosa, menos conducir. Conducir tantos caballos. Lo llevé cerca de donde el señor Q. hacía deporte al caer la tarde. Esa tarde Max no tuvo medicación.

Max lo hizo muy bien.
Su cabeza también es parte del caos.

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