ASESINATOS PROFILÁCTICOS II: Ajuste de cuentas

por Andrés Fornells

Desde hacía dos días el odio rugía dentro de él como un volcán que reúne la fuerza suficiente para estallar, vomitar lava destructora.

Primero había pensado en colocarse delante de la puerta del lujoso chalé que habitaba la jueza con un cartel que pusiera: “Es usted una mala persona. Ha arruinado, despiadadamente, alevosamente mi vida. Me lo ha quitado todo. Todo cuanto poseía: casa, familia y empresa. Y lo único que me ha dejado es una vesánica desesperación que no me abre más posibilidad futura que el suicidio”. Pero comprendió a tiempo que nada conseguiría con ello. Aquella mujer influyente llamaría a la policía y él terminaría con sus huesos en la cárcel.
La espera se le estaba haciendo larguísima dentro de su cochambroso utilitario de segunda mano y que, desde que aquella mujer lo dejó en la ruina, era su hogar. Por fin llegó el lujoso coche que estaba esperando y se detuvo delante del suyo. De él se bajaron la jueza y su marido. El hombre desesperado actuó rápido. Abandonó su vehículo y con el cuchillo que llevaba en su mano apuñaló a la mujer cuyos gritos de agonía le sonaron deliciosos. También tuvo que apuñalar a su acompañante, pero con éste se disculpó:
—La cosa no iba contigo, tío, pero de haberte dejado vivo podrías haberme perjudicado. Lo siento. De verdad que lo siento.

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