Réquiem por Ruggiero Benvenutto

Por Alberto Castellón

Ayer asesiné a Ruggiero Benvenutto. Considerad este post, estimados lectores de Irreverentes, como una confesión en toda regla de mi crimen. Sí, sí. No se trata de un farol. En lo que sigue os relataré con cierto detalle cómo me cargué a Ruggiero Benvenutto.

 

No me importa declararlo aquí, en público, a la vista de todo el que disponga de una conexión a Internet. Porque ya estaba harto de Ruggiero.
Al principio me divertía y hasta lo pasaba bien con él y me encapriché de su desparpajo y de sus ocurrencias y de esas genialidades rayanas en el disparate capaces de atrapar la atención, no solo mía, sino del nutrido contingente de admiradores que llegó a tener. Pero poco a poco me fue cansando. Cada día que pasaba me caía más gordo. Conforme crecía su popularidad entre los internautas, experimentaba en mi interior una mayor antipatía hacia su persona. Así no hay nada de extraño en que decidiese poner fin a su existencia. Al hoyo con Benvenutto. Se acabó el asunto. Faltaría más…, hombre.

Lo más probable es que a vosotros os resulte casi desconocido Ruggiero Benvenutto. Os preguntaréis de qué hablo cuando menciono lo de su popularidad y lo del contingente de admiradores cuando su nombre no os suena de nada. Salvo, claro está, la cita suya con la que arranca uno de mis libros. Sin embargo, en Italia ha causado auténtico furor la figura de Benvenutto. Acapara un altísimo porcentaje de las búsquedas en lengua italiana a través de Google. Y eso que il dottore Benvenutto, como allí lo llaman, jamás compareció físicamente ante ningún medio de comunicación pues solo respondía a las entrevistas bajo formulario enviado por e-mail. Una única fotografía, siempre la misma, la que cuelga de su página web, es la que acompaña a las noticias relacionadas con su trayectoria literaria. Tampoco ha atendido nunca a las numerosas invitaciones de las universidades. No ha participado en una sola mesa redonda, ni ha pronunciado conferencias ni ha presidido congresos, pese al empeño de los convocantes, ni ha impartido las clases magistrales que con tanto afán le solicitaban. Incluso declinó el ofrecimiento de 2 doctorados honoris causa: uno por Bolonia, y otro por Milán. Quizá toda esta niebla de misterio en torno a su escurridiza presencia haya contribuido a acrecentar el interés de la gente.

Antes mencioné la cita que incluí en mi novela de una de las obras de Ruggiero. Se trataba, recuerdo, de un fragmento en español de El contramaestre de Ulises. Porque todo comenzó con esa cita. Mi libro, como esperaba mi editor, se vendió muy bien. Diecisiete ediciones. Además, no hubo revista literaria o suplemento cultural de periódico que no vertiera críticas francamente favorables. Más aún, mi novela fue examinada bajo el microscopio de los expertos en una tesis doctoral y en dos ensayos de reconocidos literatos. Sin embargo, en ninguno de aquellos estudios y comentarios aparecieron mentados ni il dottore ni El contramaestre de Ulises. Estupor. Sorpresa. Porque alguien, entre tanto técnico de la narrativa, debió advertir algo raro en ese tal Ruggiero Benvenutto o en su obra, El contramaestre de Ulises. De inmediato, queridos amigos, os aclararé esta circunstancia.

Y es que, a fin de facilitarme la elección de citas de otros escritores, años atrás creé en MySQL una base de datos pensada para tal fin. Conforme leo libros de otros, señalo, doblando una esquinita, las páginas en las que encuentro párrafos o frases que podrián servirme en un futuro. Una vez terminado el volumen, alimento la biblioteca de citas añadiéndoles etiquetas del tipo odio, muerte, sinceridad, celos, etcétera. Esos campos auxiliares facilitan las búsquedas.

Pues bien, con la novela a la que me refiero tuve la mala suerte de que en mi base de datos solo había una que medio venía al pelo. Pero tampoco se ajustaba del todo a lo que yo deseaba. Además, una sola cita me parecía muy pobre. Me lie la manta a la cabeza. Admito el pecado. Razoné con que, si Borges se permitía la libertad de incluir notas a pie de página falsas, por qué no iba yo a incluir citas falsas. Perdonadme el abuso de vanidad al compararme al inmortal genio argentino. Mas ya estaba desesperado con el asunto de la dichosa cita. Así que redacté yo mismo la cita de la obra imaginaria de un autor inexistente. No me detuvo la sospecha de ser descubierto en el engaño. Que sea lo que Dios quiera, me dije cuando pulsé el botón con el que remití la última galerada al maquetista.

De ahí mi desconcierto al constatar que mi travesura colaba con la mayor naturalidad. Nadie protestó. Ni los entendidos. Ni tampoco me preguntaron nada en las entrevistas o en las presentaciones acerca de ese tal Ruggiero Benvenutto. ¿Acaso no se atrevieron a reconocer cierta ignorancia literaria? ¿Esnobismo? Quién sabe. El caso es que se me ocurrió abundar en la falacia por el gusto de comprobar hasta dónde llegaría una mentira presentada como verdad. Creé entonces para Benvenutto una cuenta de correo en gmail y otra en yahoo. Lo apunté en las redes sociales más concurridas. En su perfil de internauta, a lo mejor con un atisbo de cobardía por mi parte, lo nacionalicé italiano. En aquel momento sopesé que, de ser il dottore hispanohablante, a lo mejor me duraba poco la broma. Además, me manejo con cierta soltura en la lengua de Petrarca a raíz de matricularme a mis veinte años en la Academia Musicale Chigiana de Siena. Seleccioné una foto mía de cuando me disfracé de Fidel Castro para unos carnavales. Compré un dominio (salen baratos) que aproveché para inaugurar la web http://www.ruggierobenvenutto.com más el blog que se merece todo escritor de prestigio. En ellos colgué las primeras críticas de sus obras. Estas también falsas. Pronto llegarían las auténticas. Ruggiero Benvenutto, il dottore Benvenutto, había nacido. Ruggiero escribía con vehemencia. Sin pelos en la lengua. Se despachaba a gusto con todo quisque. Puso de vuelta y media a políticos, científicos, ecologistas, poetas de medio pelo, astrólogos, mangantes, presentadores de televisión, estrellas del cine o del pop. Todos italianos, lógico, pero siempre haciendo gala il celebre dottore de un humor cáustico y de una ironía despegados del insulto. Al mes de vida comenzaron sus ya copiosos fans a preguntarle dónde se podían comprar sus obras. Aquello me obligó a escribírselas. Las vendí como e-books, claro, bajo petición expresa. No iba a presentarme a una editorial con la superchería. Me daba algo de vergüenza. Aunque seguro que cualquier editor se mostraría encantado con las magníficas espectativas de beneficios que apuntaba la creciente popularidad de Ruggiero.

¿Entendéis ahora, entrañables lectores, cómo llegué a sentirme? Porque las ventas directas vía PayPal de il dottore me proporcionaban más ingresos incluso que los derechos de autor de mi firma verdadera. Y eso que hasta entonces vivía con holgura de ellos. Ya no daba abasto contestando a los e-mails destinados a Benvenutto: la mayoría gratificantes, otros acusadores, y unos pocos de remitentes un tanto enloquecidos: ni a rechazar las ofertas de todo tipo a las que antes me referí. No. Esto no podía seguir así. Experimentaba por Ruggiero una mezcla de celos, hartazgo, resentimiento, envidia… Muerte a Rugiero Benvenutto. A la porra con él. Os juro que no me tembló el ratón cuando ayer, página a página, fui dándolo de baja.

Me cargué a Ruggiero Benvenutto, il famoso dottore. Descanse en paz.

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