¿Fijo? ¡Fijo!

por Carmen Matutes

Última hora de la tarde del domingo, casi hora de cerrar. El muchacho ha bajado la puerta metálica del bar, dejándola a metro y medio del suelo. Un cliente, más bien bajo, más bien redondo, más bien calvo, se asoma al interior del local:
-¿Tiempo para una última consumición?
Viste un traje gris, algo deslucido, sobre todo brilla la tela que cubre codos, muslos y rodillas, y una corbata negra despunta sobre la camisa casi blanca. La barba, rasurada quizá a primeras horas de la mañana o posiblemente el día anterior, apunta imperiosa tiñéndole el rostro de gris.
-¿Tiempo? ¿Cómo no va a haber tiempo? Siempre hay tiempo, eso fijo –replica el muchacho.
-¿Fijo? ¡Qué sabrá un chiquillo! –el hombre se acoda en la barra y hunde por un momento la cabeza entre las manos, más bien grandes para una estatura pequeña- Anda, sírveme un carajillo.

-Carajillo será, sí señor.
-¿Señor? ¡Señor!
– Aquí todo el que entra es señor, eso fijo.
-Que te digo que fijo no hay nada. Ni la Tierra. Ahí, dando vueltas en el medio de la nada está.
-Sí, pero, vea usted, incluso los que están cabeza abajo no se caen; fijos están, fijos.
-¿Fijos?  Ummm… Hasta que el viento los mezca…
El chico añade más coñac al café de lo acostumbrado.
-Fijo que esto le va a sentar bien –vaticina y el cliente se encoge de hombros.
Servido el carajillo, el chaval recoge de las mesas abandonadas poco antes los vasos vacíos y los platillos que han contenido tapas o tazas de café. Trajina aceleradamente, casi corriendo, y, sin embargo, su canturreo alegre sugiere que la rapidez resulta más de la costumbre que de la prisa por acabar y marcharse. Cuando deja los utensilios sobre el fregadero produce sorpresas de estruendo que un observador mataría con su anticipación. El cliente de vez en cuando da algún respingo y cuando no, echa alguna ojeada a la imagen que refleja el espejo pegado a la pared, detrás de la barra, o remueve de nuevo el azúcar. Por la expresión de su rostro anda muy lejos del bar.
El mozo sigue su carrera por el local colocando las sillas sobre las mesas, con movimientos repetitivos, casi acrobáticos, estudiados, gastando una traza de experto que no se ha cansado de revivir su saber. Agarra después una escoba y pasea por el suelo restos de envoltorios de azucarillos, estrujadas servilletas de papel, esas pequeñas y finas con una cenefa azul, y barro que han dejado algunos zapatos. El rumor de la lluvia que inicia otra caída oblicua impregna de ritmo el trajín. Y, de repente, como si el agua lo arrancara de su ensimismamiento, el cliente advierte la resolución del muchacho, fija en él la mirada como preguntándose a qué tanta velocidad. Poco después, comenta lacónico:
-Agua es lo que nos faltaba…  -y, con un esfuerzo por  despertar a la vida, se interesa- ¿Vienen más clientes cuando llueve?
-¿Cuando llueve? Eso depende –asegura el chico que, de nuevo tras la barra, se dispone a fregar los platos.
– Ya, depende… ¿Depende de qué?
-Depende del día.
-¿De si es domingo o si es lunes?
-Sí, depende del día, de si vienen más o vienen menos –alza un vaso a la altura de los ojos para comprobar que está limpio.
-Ya. Dependerá también de la hora – prosigue el cliente.
-De la hora también, también.
-Ya. No es lo mismo que llueva a las doce que a la una.
-Lo mismo no es, todo depende, fijo.
-¿En qué quedamos, depende o fijo?
-Fijo que depende. Si llueve antes de las seis, nada de nada.
-Antes de las seis nada de nada, ¿eh? Y ¿cómo así?
-A las seis abro, eso fijo. Un día el dueño se enteró que me retrasé y casi me echa a la calle. Y, desde entones, el mío ha sido el mejor reloj, no me ha vuelto a fallar. Aunque ahora tengo el puesto fijo.
-Estas fijo, ¿eh? Pues por estar fijo, te mueves mucho.
-¡Hombre! ¡Hay que moverse! Si no se mueve uno, se queda fijo en la calle.
-Bien fijo, tieso incluso, ¿eh? Y en la calle….
-Sí, en la calle. En otros sitios, no sé, pero aquí –tecleando sobre la barra-, fijo.
-Fijo que me fumaría un cigarrillo –casi resignado, el cliente tira del nudo de la corbata.
-Fúmeselo usted, fúmeselo –concede el muchacho, y saca un cenicero de bajo la barra. Es redondo, grisáceo, metálico, con dos pequeños cañones para dejar el cigarro– A estas horas, la ley no cuenta.
-Eso depende.
-Fijo. Cualquier día laborable y con clientes no podría usted saltarse la ley. Pero siendo domingo, la puerta casi bajada, aquí no viene ni Dios ya.
-Ni Dios… Y, ¿os ha matado la nueva ley la clientela? –aspira el humo y mientras lo echa se golpea la mejilla para crear circunferencias en el aire, la respuesta no le interesará en exceso.
-Eso depende de cómo usted lo mire.
-Ya, de cómo yo lo mire. Y, ¿cómo lo miras tú? –otra calada al cigarrillo y casi enseguida el cliente sonríe, al fin le ha salido una circunferencia perfecta.
-Los fumadores vienen menos rato y protestan. Y los otros vendrán más, digo yo. Y protestar, no protestan.
-Pero la caja, la caja.  La cuestión es si la caja sube o baja.
-¿La caja?  A veces sube y a veces baja, eso fijo  -encogiéndose de hombros-. Depende.
-Ya –y produce un chasqueo-. Depende de si sube o si baja, ¿no?
-Eso es. Pero a la larga subirá, fijo.
-¿Ah, sí?
-A la que la gente se acostumbre a no fumar, subirá.
-Depende. La máquina esa que tenéis ahí –y con un movimiento de la cabeza señala la que expide tabaco- producirá menos.
-Eso fijo, pero la de más allá  -y reproduce el gesto para indicar la máquina tragaperras- producirá más, los clientes gastarán más tiempo jugando.
-Ya, y menos fumando –y aplasta la colilla en el cenicero.
-Eso es, tardarán más en encender el segundo cigarrillo y quizá no lo encenderán –y sonríe satisfecho de su ocurrencia.
-Algún cigarrillo será el último.
-Eso fijo, si dejan de fumar…
-Y un día dejarán de fumar.
-Eso depende de si dejan el vicio. Pero y usted qué, aún hay tiempo para una última consumición, ¿le sirvo otro cafelito alegre?
-Gracias, hijo, mejor me sirves la alegría sin café. Si no te importa, me fumaré un último cigarrillo.
-Déle, déle, hágase usted el gusto ahora que puede.
El cliente aparta la ceniza pegada con la colilla que descansaba en el cañón, parece constatar que el metal ya no refleja la luz que cae del techo. Después extrae el cigarrillo y lo prende. Estruja la cajetilla, bebe de un trago el coñac y, tras dejar un billete de diez euros, abandona pausadamente el local echando bocanadas de humo.
-Espere usted que hay aquí mucho cambio, espere.
-Para ti –y, sin volverse, alza el brazo a modo de despedida.
-Eso fijo. Gracias. Y que haya salud –grita para que le oiga el cliente desde la calle, y, ya en voz baja, concluye-.  Hay que ver con la prisa. Hay que ver.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s