Manolo viaja de Este a Oeste y de Norte a Sur

por Carmen Matutes

matutes08-11

—¿Se ha recuperado usted? –le he preguntado a la doctora. Ella me ha sonreído con tanta dulzura que casi me he olvidado de que es sólo un saco de química orgánica.
—Bien, bien, y usted, ¿qué tal?
¡Qué sonrisa!, casi se me ha pasado por alto contestar:
—He pasado unos días agitados, con muchas pesadillas, la verdad. Yo trataba de poner la proa hacia el Norte, pero apenas lo había conseguido, un soplo de viento cambiaba la dirección hacia el Este o el Oeste. No avanzaba. No era libre de elegir la dirección, como una hoja que el viento mece y permanece anclada en un lugar.
—Y, ¿qué le sugiere el sueño?
—Nada. Nada de nada –y la doctora me habrá visto dubitativo porque ha insistido:
—¿Seguro? Algo le hará pensar…

—Mire, procuro no pensar en exceso. Y, no se vaya usted a creer, tengo buenas razones para ello. Pensar cansa y, además, mi madre trata de restablecer el deterioro de mi cerebro con suplementos de fósforo siempre que me ve meditabundo. Por si eso fuera poco, pensar no lleva a ningún sitio, al menos yo, nunca logro concluir algo que dure más de un rato. Aunque piense que sí, puede que mañana piense que no. Eso me aturde, tengo confusa incluso la médula espinal –la doctora ha tratado de apartar el velo de mis ojos, pero para ver claridad tiene que haberla. Y no la hay. O eso me temo.
—¿Qué le confunde exactamente? –me ha preguntado, o sea, no habrá visto nada.
—Casi todo, aunque puestos a elegir, le diría que cada vez que alguien expresa una opinión, puedo hallarle un lado certero sin mayor dificultad, aunque al minuto siguiente otra opinión acertada le contradiga. Al final ni sé cuál es el conflicto –entonces he tenido la impresión de que la doctora no sabía qué apuntar a ciencia cierta y he proseguido—. Me explicaré con un ejemplo. Ayer por la mañana, el sabio, mi amigo Ian, el escocés, ¿se acuerda?, y Mary Luz, la camarera de la Estafeta, tuvieron una discusión, una de esas que acabo no sabiendo por qué hablamos de lo que hablamos. Todo empezó cuando el sabio dejó caer una de sus sentencias. Salió con un “me tienen harto con la corrección política, ya ni llamar a las cosas por su nombre puede uno”. Habló como uno de esos jueces de las películas que amonestan a los abogados mientras dan golpes de mortero.
Mary Luz le sirvió el café sin soltar prenda, pero le arreó con una de esas miradas que sólo ella sabe dar y que da cuando se guarda el genio para luego. Yo tengo suerte, a mí nunca me mira así. El caso es que entonces intervino Ian:
—Se queja usted de vicio; en otros lugares, le insultan a uno y ni se entera, pero aquí, en cuanto te despistas, mencionan a tu madre.
Claro, eso no puede pasarle a uno por alto, me dije. Por suerte, no compartí la idea porque el sabio se sulfuró un poco:
— Mira, hijo, tú, además de joven, eres forastero y no lo sabes, pero aquí, aunque llegamos tarde a todas partes, al llegar abrimos un boquete.
Hombre, pensé yo, si se trata de abrir boquetes, los que más, a ver si no, pero no pude darle la razón porque él prosiguió sin darme tiempo:
—Ya ni el tonto es tonto, ni el listo, listo, ni la tía buena, ni tía ni buena. Y todo gracias a la corrección política que a todo incumbe menos a la política. Ya ni la leche es la leche.
¿Ah, no?, me sorprendí para mis adentros. Pero Mary Luz terció sin darme tiempo a preguntar:
—Pero los dinosaurios serán siempre dinosaurios.
Lo soltó en un tono como si en realidad estuviera hablando de otra cosa. Yo no sé si hubiera estado de acuerdo con la otra, aunque con la que dijo no encontré motivo alguno de discordia, pero el sabio se removió en su asiento incluso antes que ella continuara—. Los hombres cometen el 90% de los asesinatos y me atrevería a asegurar que el 100% de las violaciones y no vamos por ahí insultando al cromosoma Y. ¿Es de eso que se queja?
Hombre, no puede uno estar en desacuerdo, jamás me han insultado con un “Para Y tu madre”, ni nada por el estilo… Pero el sabio supo verle el otro lado:
—Mary Luz, guapa, la estadística no es tu fuerte, no sé si sabes que el 99.9% de los Y’s que andamos sueltos no hemos cometido ningún crimen –lo dijo con mucha sorna, ya sabe como habla el sabio, pero dejando eso de lado también tuve que estar de acuerdo con él.
—Vaya, hombre, ya habló el viejo profesor –replicó Mary Luz: otra verdad, para qué negarlo.
—Ya verás, en unos añitos, cuando pidas una copita de vino para cenar y el camarero vea que no tardarás mucho en parir, va a soliviantar a toda la clientela y te van a linchar en el mismo restaurante. Y si no, al tiempo —como se trataba de un pronóstico vacilé un poco para decidirme por si sí o por si no, pero no prorrogué mis cavilaciones porque la conclusión me pareció bastante acertada—. Aquí todo el mundo sabe lo que conviene a los demás.
Entonces irrumpió Ian en la charla a pesar de la expresión del sabio:
—Don Gustavo, no se sulfure usted, nos queda aún mucha corrección política que aprender, y, aquí, viniendo de tan lejos como vienen, no rebosará la cesta por unos granos más de arroz.
Ahí dude otra vez: si la cesta está a punto de desbordarse y uno añade más arroz… Claro que acabé estando de acuerdo con Ian: si uno viene de tan lejos ya habrán caído los granos que sobraban.
Fue entonces cuando don Gustavo saltó:
—Se trata de una religión como otra cualquiera. Y todas son pecaminosas, ni una se salva, ni una —remató—. Para mí es un tema de principios, yo soy ateo. Y te diré, ni ateo, porque esa es otra religión, hay que estar abierto a todas las posibilidades.
Se expresó con gran contundencia, claro que eso es habitual en él. Yo me quedé vacilando una vez más, hilvanando por qué salía el sabio ahora con la religión, cuando Mary Luz de nuevo metió baza. Me esforcé por no escucharla, por apresar sus palabras en un tetra-brick para que no les diera el aire ni la luz, al menos por un rato. Estaba a rebosar de ideas y tenía que ligarlas. Debía detenerme, comprender a cuenta de qué la corrección había derivado en la leche, la leche en los dinosaurios, los dinosaurios en el cromosoma Y, el cromosoma en tomar copas durante el embarazo, las copas en el arroz, el arroz en la religión… Y, encima, ahora me salía con otro tema, como si la tarea fuese una minucia. Así no hay manera, reconocí para mis adentros. De repente caí en la cuenta que había estado en una final de Wimbledon, o de Roland Garros, tic, tac, tic, tac, la cabeza a la derecha, enseguida a la izquierda y de nuevo a la derecha, y vuelta a empezar y más y más y más, siempre al mismo ritmo, sólo que además del “No, no…” de mirar para quien habla, lo mío también es “Sí, sí….”. O sea, no sólo viajo de Este a Oeste, también voy de Norte a Sur y Sur a Norte… Pero con los pies fijos en el suelo…
—Entonces quizá el sueño tenía una buena razón de ser…
—Bien pensado, usted debería venir a la Estafeta, encajaría en cada discusión.

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