El cuerpo perfecto

por José Melero Martín.

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El espejo me refleja entero, el pelo y la piel mojada por el baño caliente que acabo de tomar. Dejo caer la toalla que tengo alrededor de la cintura y observo absorto la perfección de mi cuerpo. Unos muslos de musculatura definida que confluyen en un sexo proporcionado, la estrechez de la cintura y la firmeza del vientre, el pecho modelado y unas clavículas rectas que divergen hasta abarcar la anchura de mis hombros. Sobre ellos el cuello esbelto que sostiene una cabeza pequeña, de corte clásico. Me paso la mano por la frente para apartar el pelo y me recreo en cómo los fibrosos músculos se flexionan y estiran con el movimiento. Alargo el brazo para coger una toalla y voy secándome con parsimonia, notando bajo el paño los contornos que veo reflejados frente a mí. Aún me demoro antes de vestirme. Vuelvo a contemplarme de perfil apretando los glúteos y de frente echando los hombros hacia atrás, apreciando cómo se tensan los tendones y la brillante epidermis y, al levantar los brazos y entrelazar las manos tras la nuca, en el contorno de los músculos dorsales que enmarcan los serratos. Aprieto los puños, endurezco los bíceps y los miro fascinado mientras compongo una escuadra con los brazos y entonces me doy cuenta de que se me hace tarde. Me visto y compruebo satisfecho ante el espejo cómo me queda la ropa.

Camino con prisas por la calle notando, como acostumbro, algunas miradas femeninas y me divierte notar lo reacias que son las mujeres a conceder su atención. Se diría que temen ser sorprendidas, que un extraño descubra su deseo sin ellas querer. Años de represión, concluyo para mis adentros. Mi reflejo salta de escaparate en escaparate a veces nítido y otras como un fantasma casi invisible, dependiendo de lo que haya tras los cristales. Me gusta observarme mientras camino, fijándome en el modo en que me muevo: el cuerpo erguido y la cabeza levantada, el andar firme pero elástico y el elegante balanceo de los brazos. Siempre me pareció que mi manera de moverme es juvenil e impregnada de energía, como si estuviese enamorado o corriendo hacia una aventura. No puedo evitar sonreír de puro placer.
Mientras subo en el ascensor me yergo y pierdo la vista en los numeritos rojos que van desgranando una cuenta ascendente hasta que dos plantas antes de llegar a la mía me quedo solo y puedo aprovechar para mirarme en el espejo utilizando hasta el último segundo antes de llegar a mi piso. Siempre he pensado que la iluminación de este ascensor me favorece. Cuando se abren las puertas metálicas ya estoy vuelto hacia la salida como si no me hubiese movido desde el principio. Sonrío a la chica de administración que se cruza conmigo y noto su mirada furtiva en la espalda mientras camino hasta mi oficina.
Los espejos de los aseos del trabajo son traicioneros. Tienes que mirarte en ellos con prevención, esperando lo peor, ya que la iluminación cenital de los fluorescentes suele provocar, si la ventana también está cerrada, que el rostro se vea demacrado e incluso ojeroso. A pesar de todo nunca consigo resistirme a la tentación de echar un vistazo desde cierta distancia en la que al menos se puede apreciar medio cuerpo. Ensayo varias poses de púgil y recompongo en un instante un gesto casual, como si me dispusiera a salir, cuando la puerta se abre y entra otro compañero.
Sin embargo todos los disimulos y miradas de reojo acaban cuando llego por la tarde al gimnasio, un reino forrado de espejos en el que perderse en público en la propia imagen es lícito. Me doy cuenta de que esta experiencia está claramente por encima de la de admirarse en solitario en el propio hogar, ya que al deleite de la autocontemplación se aúna la exhibición que supone mostrarse ante los demás al tiempo que es posible también observarlos. Mi vestimenta es sencilla: un pantalón oscuro de chándal y una camiseta ceñida sin mangas que me permite contemplar con libertad torso, brazos y hombros. Mi rutina incluye una serie de aparatos que utilizo sin demasiado peso ya que no pretendo ganar un volumen excesivo, sino reafirmar y marcar la musculatura. Nunca he comprendido el gusto de algunos por la deformidad provocada por el culturismo que hincha antinaturalmente las formas hasta acabar con toda estética.
Dedico un buen rato a los abdominales y las piernas y más adelante me sitúo ante el espejo y me centro en la parte superior del cuerpo. Me encanta notar mi fortaleza al dejar caer la pesada barra sobre el pecho y pugnar por levantarla, la plástica impecable de la inserción de los deltoides delimitando los bíceps. Los tríceps rotundos, los compactos pectorales insertos como abanicos sobre el esternón y los trapecios tensos hundiéndose bajo las tersas barras de los esternocleidomastoideos. Y mientras levanto los pesos me extasío admirándome hasta que toda la sala y las personas que hay tras de mí se desdibujan hasta desaparecer. Sólo quedamos yo y mi cuerpo realzado por el ejercicio y lustroso por el sudor. Entonces, cuando he disfrutado hasta el último detalle, me entretengo en fijarme en las miradas de los demás, las que algunos se dirigen a sí mismos, tal y como yo he hecho, y la de aquellos que me observan con disimulo. Siempre me extraño de lo raras que son la proporción y la belleza en la mayoría de los cuerpos y que, cuando éstas existen, aunque sólo sea de forma parcial, de las pocas veces que este don viene unido a cierta gracia y armonía en la postura y en los movimientos. En realidad no hay a mi alrededor nadie que valga la pena.
En la ducha, desnudo, dejo que el agua caliente me acaricie y recorra como las manos de una diosa transfigurada en líquido y me entrego a ella sabiendo que sólo mi cuerpo es digno de sus deseos. Camino por el vestuario indiferente a los que me rodean, ensimismado pero dejando que me admiren. Me visto con desgana y vuelvo a casa.
Antes de acostarme me apoyo en el lavabo y me acerco al espejo. Contemplo mi cara: la firmeza de la mandíbula, los labios carnosos y la nariz griega, el arco simétrico de las cejas y la frente despejada sobre la que cae un mechón de cabello castaño y lustroso. Al final sin poder resistirme me miro a los ojos, grandes y almendrados, de color verde mármol, e indago en su expresión serena y soñadora. Las pupilas negras se dilatan levemente. Como en los escaparates, alcanzo a verme minúsculo y convexo en la brillante superficie y tras el reflejo sólo una oscuridad sin fondo. Y entonces la sensación que temo se repite como cada noche y me embarga la sensación de que estoy ante un extraño, que mi imagen no me pertenece y que la efigie que tengo ante mí no soy yo.
Cuando apago la luz del dormitorio permanezco en la oscuridad con los ojos abiertos, luchando con el sopor en el que me hundo como en una ciénaga opaca, sin brillo ni reverberación alguna a la que aferrarme, y a medida que soy engullido por ella me asalta un miedo arcaico que impregna mi sueño sin imágenes ni sueños.

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