La palabra suicidada (II)

curto081

por Pedro A. Curto

En un magnifico ensayo, “El Dios salvaje”, del británico Al Álvarez dice: “Al contrario que para el metafísico, para el artista el caos no es un estado por enfrentar a todas horas —ni siquiera todos los días o todos los años— con matizado dolor. Más bien lo vive como una ausencia, con la necesidad proporcionalmente urgente de crear cierto orden para sí y desde los restos; más que frustrar la obra, pues, es probable que la inspire.”
Ese caos puede simbolizarse en la página en blanco a la que se enfrenta el escritor, el vacío que se encontrara delante cualquiera que se plantease la labor de creación. Para ella ha de realizar una convulsión en que debe jugar y apostar con todas las fuentes que le proporciona su ser en plenitud y totalidad, debe potenciar su cualidad de individuo cabal, de ser concreto, independiente y distinto. En ese momento creativo existe una profunda soledad, casi la de un ser visionario.
Se trabaja con algo que no existe, mas para conseguir la creación se debe partir con los códigos existentes en mundos formales que debemos aprender a utilizar para nuestros fines donde la fantasía, la imaginación y la propia mentira deben ser los ladrillos con los que construir la casa creativa. Pero ese papel de creador plantea la existencia de otra realidad que le envuelve, la existencia de esquemas convencionales y arbitrarios provistos por el conocimiento empírico y que responden a una necesidad práctica inmediata. Ambos aspectos son inseparables. No existe una realidad de la persona aislada; tampoco existe una realidad que excluya a la persona; la realidad sólo resulta de una simbiosis del hombre con el mundo que le rodea. Y ese mundo participa de lo creado, pero desde el otro lado, con percepciones diferentes, juega con la carne del creador, con todo lo que está dispuesto en la obra. Cuando más se profundice en el relato, el poema, la novela, cuando las palabras parten de devastaciones interiores, de búsquedas por los recovecos del ser, más se habrá expuesto y es difícil salir inmune. Un escritor sólo dispone de un pellejo, un cuerpo, y aunque eso es tan maravilloso como ser un pequeño dios, en el aspecto corporal lo puede hacer muy débil. Sólo basta con buscar en los literatos que decidieron poner fin a su vida, para encontrar este tipo de artistas; difícilmente podremos hallar literatos de moda cargados de premios y promociones, cuyo obra no tiene otro fin que lucir en un bonito escaparate. Por otra parte los “suicidiarios”, hayan llegado al extremo de realizarlo o no, son buena parte de la mejor literatura, salvando algunas excepciones y aquellos imbuidos por modas, vanguardias o cuestiones estrictamente personales. Así según explica Al Álvarez: “Antes del siglo xx es posible discutir los casos individualmente, porque los artistas que se mataban o tenían seria inclinación suicida eran excepciones raras. En el siglo xx, el equilibrio cambia de golpe: cuanto mejor artista, más vulnerable parece. Evidentemente no es una regla firme”.
Son varias las cuestiones que se pueden señalar en este sentido, entre ellas el devenir histórico de las dos guerras mundiales, el holocausto, el avance en las formas masivas de matar (bomba atómica, armas químicas…), la deshumanización de las tecnologías, entre otros. Parte de estas cuestiones deriva en uno de los aspectos que es seña de nuestro arte más reciente, el de la experimentación. No se trata sólo de los cambios que planteasen unas u otras vanguardias, sino ir más allá: no caer simplemente en la estética de las asociaciones oníricas, como planteaban los surrealistas, sino utilizar todas las pulsiones del ser humano, pero no desde el mundo velado de la inconsciencia, sino desde la lucidez. Es más, no desde una lucidez convencional, sino desde la propia e individual que va más allá de toda frontera, de cruzar todos los límites posibles que es hacer desde el campo de la ficción sin que uno acabe en el manicomio o la cárcel.
El autor se tiende a mezclar con la obra que está escribiendo, es una parte de él, y no porque ésta sea autobiográfica o confesional, sino porque busca la reconstitución del propio ser con ella. Y ello puede suponer para el autor una pulsión de construcción, de superar los límites que el cuerpo marca, para que la mente con la ayuda de cosas como la fantasía, la imaginación, el conocimiento, pueda crear literariamente el superhombre del que hablaba Nietzsche. Pero lo mismo nos dota de un fuerte poder autodestructivo del que no en vano han estado llenas las letras: alcoholismos, adicciones varias, locura…

Para un artista serio ese viaje es difícil, nadie sale inmune de él, pues el oficio de escribir no se limita a un horario con el que hay cumplir y luego fichar como en un empleo. Cuando eso se produce así, el resultado suele ser un literatura empobrecedora, pero cuando no, existe una parte que se ha entregado a la obra y además está el receptor de esa obra, ese ser abstracto y colectivo que es la sociedad; si con el primero el filo de la navaja acecha a nuestro lado, en el segundo lanza navajazos lacerando la piel a la vista de todos. Respecto a esto dice el francés Antonin Artaud en “Van Gogh el suicidado por la sociedad”:
“Y Van Gogh habría podido encontrar suficiente infinito para vivir durante toda su vida si la conciencia bestial de la masa no hubiese decidido apropiárselo para nutrir sus propias bacanales que nunca tuvieron nada que ver con la pintura o la poesía. Además, nadie se suicida solo. Nunca nadie estuvo solo al nacer. Tampoco nadie está solo al morir. Pero en el caso del suicidio, se precisa un ejército de seres maléficos, para que el cuerpo se decida al acto contra natura de privarse de la propia vida. Y creo que siempre hay algún otro, en el extremo instante de la muerte, que nos despoja de nuestra propia vida”.
Es un diálogo extraño y enigmático, que no se basa en meras cuestiones de fracaso o triunfo, de mayor o menor reconocimiento, sino de múltiples factores que van desde el valor de la obra a su efecto demoníaco. Porque lo suicidario en literatura no sólo afecta al daño físico que el autor se inflige, sino que pueden incluirse otros aspectos, estoy hablando del Kafka que mandó quemar sus libros, o el Rimbaud que enmudeció a lo diecinueve años.
En una reciente antología sobre escritores suicidas, el prologuista no veía en estas muertes una actitud positiva, más bien recriminaba el cierto misticismo con que se acoge a estos autores, pues lo que han hecho supone acortar años de su vida, privándonos de una parte de su obra, plantea que ojalá no lo hubiesen hecho. Y es posible que así sea, pero creo que es necesario reconocer que en muchos de los casos, haber parido determinados versos, tiene bastante que ver con la opción de atentar contra uno mismo. Pues como dijo Jean Améry: “Por muy lejos que mire, no veo en ningún lugar —con la excepción cuantitativamente pequeña de escuelas filosóficas o individuos filósofos(Epicuro, Séneca, Diderot)— que la muerte voluntaria sea reconocida como lo que es: una muerte libre y una cuestión altamente individual, que no se lleva nunca al margen del contexto social, pero en el que el ser humano está solo consigo mismo y ante la cual la sociedad debe callar.”

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Sumario Curto:
Un escritor sólo dispone de un pellejo, un cuerpo, y aunque eso es tan maravilloso como ser un pequeño dios, en el aspecto corporal lo puede hacer muy débil.

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